Puede que seas creyente en algún dios o no, o que simplemente seas agnóstico y no sepas a qué atenerte con exactitud. En otras palabras: no crees ni dejas de creer. En cualquier caso, algunos estudios ya han relacionado determinados procesos del cerebro con la capacidad o la predisposición para creer en un dios o no.

El proceso de mentalización

Cuando nos ponemos en el lugar del otro, intentando descifrar y codificar sus pensamientos y obramos en consecuencia, a este proceso se le llama mentalización. Y tiene que ver mucho más con las creencias religiosas de lo que a priori podrías pensar.

Las personas creyentes son capaces, en mayor o menor grado, de pensar en Dios como un sujeto que estará atento a cada una de sus acciones, las cuales se recompensarán o castigarán de una forma u otra.

De esta manera, las personas creyentes tienden a ponerse en la mente de su dios para obrar en consecuencia, pensando en las posibles repercusiones que sus acciones y comportamientos podrían tener.

También cuando las personas rezan, esto se toma como una conversación con Dios, en la que están pendientes de cumplir sus normas o de hacer su voluntad. Por lo que el proceso de mentalización es clave, activando ciertas regiones cerebrales.

Según un estudio conducido en la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, durante el rezo se activa una respuesta BOLD en el núcleo caudado, activando así el sistema de recompensa. ¿Interesante, verdad?

Para que lo entendamos de manera mucho más sencilla: las personas creyentes que rezan obtienen una gran sensación de alivio y bienestar provocada por el sistema de recompensa de su cerebro. Siempre que cumplan las normas y se comuniquen con Dios, dicho sistema de recompensa será activado.

Aun así, cada cultura y cada persona en sí misma es un mundo. Pues lo cierto es que habrá personas mucho más analíticas, o que debido a su bagaje académico o de experiencias, sean más o menos proclives a ser creyentes y tengan una relación con Dios más o menos intensa.

Sin ir más lejos, lo más seguro es que dentro de tu entorno conozcas a personas más o menos reflexivas y con opiniones y actitudes muy diferentes o totalmente dispares con respecto a la religión y a sus creencias. Si esto es así en ambientes más pequeños, imagínate a nivel más global.

La actividad cerebral durante el rezo

Pero más allá de meras especulaciones, se han realizado estudios para constatar y analizar la actividad cerebral de todas aquellas personas que rezan, tanto siguiendo oraciones como el Padrenuestro o más “oficiales”, como aquellas menos estructuradas y espontáneas.

Para contrastar de forma más fiable los resultados obtenidos, también se les pidió a los sujetos del experimento en Dinamarca que realizasen una petición mental de regalos navideños a Papá Noel, así como que pronunciasen una canción de cuna sin mayor significado.

Lo que se observó fue sorprendente: el rezo libre y espontáneo daba lugar a una fuerte activación de la corteza prefrontal medial, la unión temporopariental, la zona temporopolar y el precúneo, sin generar la ya mencionada respuesta BOLD.

Así, la actividad cerebral durante el rezo espontáneo era similar a la que tiene lugar cuando mantenemos una conversación con otro ser humano. Así mismo, también se observó activación en la corteza prefrontal.

Dicha zona sería la encargada de juzgar las intenciones de otras personas. También se evidenció actividad en otra zona que nos ayudaría a recuperar memorias anteriores, permitiéndonos identificar nuevas situaciones con algunas anteriores de cara a pensar cómo actuaría Dios, y así generar una respuesta acorde.

Dicha corteza prefrontal, sin embargo, no se activaría al mantener ninguna conversación o intercambio con seres inanimados o que percibimos directamente como seres ficticios, como caracteres de ficción de películas o videojuegos.

Esto se debería a que no esperaríamos nada en realidad de estos personajes ni tampoco nos pondríamos en su mente para pensar sobre sus intenciones. Este hallazgo deja entrever entonces que cuando rezamos, sí percibimos a nuestro dios como a un ser real.

¿Y qué ocurre con las personas con algún trastorno mental?

Ciertamente, creer en algún dios podría ser mucho más difícil para personas que demuestren padecer un trastorno mental. Tal es el caso de las personas con autismo. Para estas personas es muy difícil expresar y reconocer las emociones.

Por lo tanto, es de esperar que les cueste mucho más llevar a cabo el proceso de mentalización tal y como lo harían otras personas de forma totalmente natural y sin mayores esfuerzos. En caso de que personas con autismo lo consigan, profesarían una fe menos intensa y verosímil.

En resumen, estos estudios no demuestran ni rechazan la existencia de Dios, tan solo los procesos y activaciones cerebrales que se dan lugar entre los creyentes de manera totalmente natural y sin que ellos siquiera puedan darse cuenta.

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