La trampa de la depresiónUsted ha creado su depresión, nadie se la regaló. Por lo tanto destruya su depresión”. Albert Ellis

Estar deprimido es mucho más que sentirse triste, decaído y con ganas de llorar. Muchas veces decimos que estamos deprimidos porque nos ha ocurrido en nuestra vida algún hecho estresante o alguna situación delicada, pero tras un periodo normal de tristeza adaptativa, al final conseguimos superarlo y seguir nuestra vida normalmente. Si por el contrario, no somos capaces, no sabemos cómo hacerlo o no tenemos los recursos para superar una determinada situación, sea de la relevancia que sea, podremos caer en las garras de la depresión.

La depresión se caracteriza por un estado de ánimo muy bajo y por una marcada pérdida de interés por aquellas cosas que antes nos gustaban o nos resultaban placenteras. Se pierde la capacidad para el disfrute y no se tienen ganas de hacer nada, llegando a la inhibición conductual.

A nivel fisiológico, podemos sentirnos muy cansados, con insomnio o hipersomnia y sin deseo sexual alguno. ¿Pero por qué no todos nos deprimimos? ¿Por qué, a pesar de que dos situaciones sean igual de estresantes, no todos reaccionamos de igual forma?

Es evidente que nuestra mente juega un importante papel en estas diferencias. Para que una persona se deprima tiene que mediar nuestra interpretación subjetiva de las situaciones vitales.

Seamos realistas, hay situaciones muy duras en la vida y que a cualquier persona le afectarían de una manera importante. Pero aun así, son nuestros pensamientos y creencias los que determinarán, en última instancia, que nos deprimamos o que salgamos a flote. Esto es una buena noticia. Es posible que la situación sea irresoluble e inmodificable, pero no pasa esto con mis pensamientos, por lo que en este sentido, podemos decir que tenemos margen de actuación y bastante control. ¿Cómo nos deprimimos? Hace unos años, se pensaba que la depresión era una enfermedad física en la que las carencias de una serie de neurotransmisores en nuestro cerebro determinaban nuestro estado anímico.

Es cierto que sustancias químicas como la serotonina tienen cierta influencia pero no es el único factor implicado, por eso, en muchas ocasiones la terapia farmacológica acaba fracasando. Para que una persona llegue a deprimirse es necesario que en su ambiente se den cambios vitales percibidos como muy desagradables. Se habla de la pérdida de reforzadores, es decir, la persona pierde algo que percibía como muy valioso y apreciado, como por ejemplo, una pareja, un empleo, un cambio de ciudad o la propia autoestima.

Cuando la persona no afronta la situación, se empezará a sentir abrumada y tremendamente triste y albergará en su mente pensamientos negativos sobre él mismo, el mundo y el futuro.

Lógicamente, si te sientes así de mal, lo que menos te apetecerá será salir, relacionarte con la gente o hacer cosas para disfrutar o despejarte y optarás por quedarte encerrado, sin hacer nada o tirado en la cama. Es aquí donde la depresión nos hace la trampa y nos encierra en su espiral, de donde es muy difícil salir si no somos conscientes de la importancia de nuestros pensamientos, emociones y acciones. El círculo vicioso podría resumirse de la siguiente manera: la persona tiene pensamientos sobre sí mismo “No sirvo para nada”, del mundo “La gente es mala y no se puede confiar en nadie” y del futuro “Nunca encontraré un trabajo digno ni me realizaré como persona”.

Estos pensamientos provocan que nos sintamos muy desgraciados, desesperanzados y tristes lo que nos lleva a que perdamos el interés casi por cualquier cosa. Al no realizar ninguna actividad, no salir, no buscar trabajo, no conocer ni relacionarme con nadie, estoy confirmando mis pensamientos negativos. “No sirvo para nada”, y yo mismo me lo confirmo pues estoy tirado en la cama sin ganas de hacer nada. Y además, esta actitud supone más pérdida de reforzadores que se añade a la pérdida inicial. Por ejemplo una persona que pierde a su pareja, pierde a uno de sus reforzadores principales. Y no solo pierde a su pareja, si no que pierde el ir a cenar con ella, el besarla, el abrazarla, etc., que a su vez, también son reforzadores.

La tristeza es tan grande que lo último que le apetece a esta persona es hacer cosas agradables, salir, conocer gente nueva, dedicar tiempo a… Aquí está el error, pues además de perder a su pareja, pierde la posibilidad de conocer a otras personas, de divertirse haciendo cosas nuevas, de encontrar un empleo… lo que supone más y más pérdida. Este círculo vicioso debe ser cortado por alguno de sus puntos para poder salir del estado depresivo y la forma de cortarlo es que la persona comience a activarse realizando cosas que no le supongan mucho esfuerzo y que le resulten agradables. Y aquí es donde surgen los “No tengo ganas”, “No puedo”.

Es posible que no tengas ganas, pero para hacer cosas no es necesario tener ganas, si no obligarte a tenerlas. La motivación no tiene por qué preceder a la acción, si no que después de la acción, la motivación vendrá sola y las ganas irán apareciendo cada vez con más fuerza. El trabajo cognitivo es también muy importante, pero se trabajará en una fase posterior al comienzo de la activación conductual.

Las personas deprimidas ven el mundo de color negro, interpretando la realidad de manera disfuncional. La reestructuración cognitiva será la técnica elegida que permitirá a la persona con depresión aprender a identificar sus pensamientos automáticos negativos, a evaluar su utilidad y veracidad y a cambiarlos por otros más realistas y adaptativos. Esta técnica se lleva a cabo mediante preguntas que uno se realiza a sí mismo con el objetivo de cuestionar si lo que pienso es realista o está mediado por mis interpretaciones subjetivas.

La solución está en nuestras manos. No consientas que tu felicidad dependa del exterior, de ninguna situación, por horrible que sea, tienes la capacidad de salir adelante si así lo quieres.

Aunque pienses que ya tocaste fondo y que no puedes, sí que puedes. Ponte manos a la obra y demuéstrate a ti mismo que la vida te está esperando con los brazos abiertos.

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