El tacto

El hombre occidental ha prestado atención a los sentidos de la distancia (vista y oído) y ha valorado menos los sentidos de la proximidad (tacto, olor). Al menos en sus relaciones sociales, vivimos en una cultura del no contacto.

La importancia del tacto en la niñez

El sentido más primitivo es el del tacto. El feto percibe sus primeras sensaciones a través de su piel.

El parto supone ya un fuerte masaje de varias horas que le prepara para la vida en el exterior. Ya nacido, su respiración se provoca por medio de palmadas y contacto de distinto tipo. Y comienza el troquelaje de su cerebro a través de los contactos físicos con la madre.

Los niños abandonados y no tocados, crecen con carencias afectivas importantes. Son víctimas del llamado “marasmo” o debilidad infantil que asoló los hospicios en los que no se tomaba en brazos a los bebés. Al parecer la parte frontal del cerebro (equilibrio y actividad motora) no se desarrolla correctamente, sino a través de estímulos afectivo-táctiles.

El tacto en el contexto cultural y social

El proceso de independencia de la madre se convierte en un progresivo aislamiento táctil del niño. Nuestra sociedad ha identificado el tacto con el sexo y se controla de modo sistemático. Las clases más altas y las más religiosas han observado una mayor abstinencia social de los contactos entre los hablantes, se ha reducido al mínimo por razones de urbanidad.

Especialmente al varón se le educa para que evite cualquier aproximación táctil, como señal de debilidad o afeminamiento. Se ha hecho una prueba para conocer la respuesta de hombres y mujeres al tacto en una situación de incomodidad, quietud y obscuridad. Los varones que se encontraban en contacto directo, hombro con hombro, demostraron mayor ansiedad que los separados por un plástico o un cordel. Las mujeres se mostraban más tranquilas cuando se les permitía entrar en contacto.

Otra experiencia sometida a estudio (Heslin y Boss) tomó como escenario el aeropuerto de Indianápolis: en las despedidas hubo mayor aproximación táctil que en las llegadas; parecía como si quisiesen suplir con ello la próxima separación. Por otro lado, las mujeres acentuaron el contacto físico entre ellas mientras que los hombres entre si solían estrechar la mano. También se fijó que en las despedidas entre personas de sexo opuesto, los varones llevaron la iniciativa de abrazarse y besarse. Los  mayores se mostraron más decididos que los jóvenes. Continuando con su observación, contrasto que después de la despedida, la sensación de libertad o relajación demostraba el esfuerzo emocional realizado.

Un espectáculo insólito en nuestra cultura de no contacto, especialmente entre varones, lo ofrecen los componentes de un equipo de fútbol al conseguir un gol o una victoria. La espontánea efusividad de sus múltiples abrazos contrasta con la reserva general que se impone en otras circunstancias.

  • La comunicación táctil se encuentra entre los adultos en la maraña que confunde amor comunicativo y relación sexual. Identificar amor y actividad sexual nos lleva a entender la comunicación como algo psíquico, espiritual, que sólo se desarrolla, fuera de la pareja sexual, por medio de los sentidos de la distancia.
  • Amar es volverse al otro con la disposición de contribuir a su supervivencia y perfección. El sexo nos lleva a nosotros mismos. Puede pensarse, y se da con frecuencia, un intercambio sexual que se autoestime por egocéntrico, fuerte, duro, con su pareja. El amor está orientado a olvidarse de sí, a salir de sí.
  • Comunicarse no es enviar por el aire trozos de información. No se da comunicación humana hasta que entramos en el mundo del otro y establecemos con él una relación vital. Como decía Martín Buber “el movimiento básico del diálogo es volverse hacia el otro”.
  • El tacto nos comunica de forma intensa. Termina de acercarnos, nos incorpora y funde en uno, como se ve en un abrazo de despedida o en la alegría de un gol del equipo. La distancia, la prohibición de un acercamiento completo nos mutila la percepción personal de nuestro interlocutor. Lo hace abstracto y ajeno, cuando temperatura, pulso y piel comunicados nos darían nuevas dimensiones de nuestra condición común: seres vivos y humanos, con necesidad de apoyo y relación.
  • El sexo, la apariencia de un cortejo presexual al menos, nos impide culturalmente la aproximación táctil que facilitaría la comunicación y el amor. La falta de ambos ingredientes en nuestra convivencia nos aconsejaría clarificar ideas sobre tacto, comunicación, amor y sexo.

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