La generación ye ye es llamada de esta forma —especialmente en España—, no solo por el tipo de música que se escuchaba, sino por una forma de vida que se desarrolló en los años 60’s y principios de los 70’s. El término es acuñado para referirnos exclusivamente a los nacidos en esta década. En YouTube encontramos un video que presumiblemente se inspira en dichos tiempos para realizarlo, y en el cual, denominan como “sobrevivientes” a los nacidos por aquella época; según la grabación, los que procedemos (pertenezco a dicha época) de la misma, teníamos escasas posibilidades de sobrevivir, debido a que: no usamos cinturón de seguridad ni silletas de niños en los vehículos; dormíamos en cunas pintadas con pintura de plomo; tampoco empleábamos casco para montar en la bicicleta; tomábamos agua de la manguera o del grifo; consumíamos demasiada azúcar en bebidas y tortas; aparte, no existían los teléfonos móviles y tecnologías para comunicarnos, etc. A este video podemos incorporar —para hilvanar con el tema a tratar— que sobrevivimos, además de lo enunciado: a “la mano dura”, el castigo y en general, a la dictadura tanto familiar como política, dependiendo esto último, del país de dónde venimos.

A la generación ye ye se le coartó el derecho a la expresión en su infancia. La obediencia no tenía discusión o réplica; al menor gesto de desobediencia “se nos volteaba la mandíbula” de un cachetón, o quizás el calentón en las piernas se hacía sentir de inmediato y sin derecho a huida. Los “Derechos de la Infancia” no se habían redactado. En las mencionadas épocas los privilegios eran para los adultos, en especial para el padre; era el que primero comía y tenía la mejor carne, “el resto” se repartía entre los hijos. Los padres para educar sus retoños se apoyaban en los dictámenes de la religión católica, donde de acuerdo a sus preceptos, los actos de “rebeldía” eran censurados y se ordenaba castigarlos con severidad. Cumplir con las obligaciones religiosas era inobjetable y había que ir a misa diariamente. Las féminas tenían que aprender y realizar las labores domésticas desde edades muy tempranas; igualmente, los varones, debían aprender el trabajo duro (construcción, cargar provisiones, recados). Si los padres tenían algún negocio, los hijos requerían ir junto a ellos a trabajar, o, dependiendo de la situación económica de la familia, salir a la calle a vender, conseguir comida, o algo de sustento para aportar en el hogar. Por todo lo anterior, ¿verdad que el término de “sobrevivientes” se ajusta a la perfección?

La marca de “sobrevivientes” de dicha generación es una mácula emocional de la que pagamos tributo; ya sea con el resultado de vida que llevamos y/o con la educación de nuestros hijos. Claro que también, son bastantes las fortalezas que hemos adquirido con respecto a otras generaciones, por ejemplo: somos trabajadores al máximo, sociables por naturaleza, ingeniosos e instintivos, esto nos lleva a superar cualquier dificultad en el trabajo, el negocio o en nuestra casa; eso sí, excepto los obstáculos tecnológicos, a los cuales con esfuerzo nos adaptamos. Con frecuencia estamos solicitando ayuda de nuestros hijos para resolver un problema al respecto, mientras que ellos se hacen de rogar con su sapiencia y casi que terminamos en una súplica. Hasta que finalmente, después de implorar varios días, ellos se dignan asistirnos, y viene lo peor: lo solucionan en menos de un “segundo”. Nosotros quedamos con la boca abierta como si de magia se tratara; ante la mirada de “que tonto es mi padre o mi madre que no sabe esto”.

Mucho podría escribir sobre esta generación, sin embargo, quiero puntualizar en aquellas barreras emocionales fruto de la mano dura y la dictadura que vivimos, cuya proyección probablemente “vaciamos” al educar nuestros hijos. Seguramente que en muchas ocasiones cuando recibíamos un golpe — tal vez debido a que nuestro progenitor se levantaba de mal humor— prometimos que nunca le haríamos eso a nuestros hijos; quizás también, cuando queríamos ir a jugar y no podíamos, porque los zapatos estaban rotos o nos avergonzábamos de tener un diente putrefacto —del cual ya se habían hecho mofa los amigos—y que hacía que nos riéramos tapándonos la boca para evitar las bromas; o a lo mejor, cuando se nos impedía hablar y como consecuencia las palabras nos asfixiaban por dentro  o tal vez, cuando los deseos de jugar o ver la televisión eran reprimidos a cambio de una larga jornada de trabajo. Habida cuenta de esto, nos comprometimos con esta frase: “no haré esto a mis hijos”. Una promesa que hemos cumplido a rajatabla.

Los padres de la época ye ye nos hemos encargado de darles “todo lo que nuestros hijos necesitan”, de que nada les falte. Les compramos las zapatillas marca Nike o Adidas, cuando menos. Les preguntamos si están ocupados mientras ven la televisión o jugando a la “play”, antes de mandarlos a hacer algo en casa. Les damos lo que piden: el último videojuego, el ultimo computador o ¡qué digo! si este ya no está en auge, es la última generación de Xbox o el IPhone lo que está de moda y “necesitan”. Los limites y las consecuencias —si es que existen— las acordamos con ellos, y a la hora de aplicarlas, pedimos su opinión o las ejecutamos cuando nos rebasan la paciencia, les damos todas las explicaciones que quieren y las que no, también; por cuya razón, llegan a decirnos o gritarnos: NO QUIERO OÍR TUS EXPLICACIONES. Cuando se enojan vamos detrás de ellos solicitándoles comedidamente que nos digan que les pasa e incluso, pidiéndoles perdón constantemente, si acaso los hemos ofendido.

Todo lo mencionado anteriormente se aplica a aquellos de la generación ye ye que desarrollan un comportamiento opuesto al de sus propios padres; no obstante, existen personas de la misma generación que repiten la conducta, en otras palabras, educan a sus hijos tal como los educaron a ellos, en la ley del látigo y la dictadura. Aunque, sin temor a equivocarme, creo que son más escasos. De todas formas, ambos tipos de padres están ubicados en los extremos, lo cual para el inconsciente significa lo mismo, es decir, los dos se encuentran lastimados y proyectan su dolor no reconocido en sus hijos. Algo que es denominado como “la sombra”, un efecto emocional que se proyecta en nuestra realidad de acuerdo al grado de inconsciencia personal.

Después de esta descripción, aunque no pormenorizada, pero si sustanciosa; me voy a permitir hacer hincapié en las causas emocionales para que la generación ye ye eduque a sus hijos de la forma manifestada. Las promesas que nos hicimos en momentos de agitación emocional se han quedado impregnadas en nuestro inconsciente y han prevalecido a la hora de levantar a nuestros hijos, nos han “obligado” y siguen “sometiéndonos” con su dolor. Muchas madres han salido de sus casas a buscar el dinero para darle a sus hijos “todo lo que necesitan” e impedir que “sufran la carencia que yo sufrí”. También ha “sometido” a muchos padres a realizar largas jornadas de trabajo con el mismo propósito. En cierta ocasión escuché a una mujer de dicha generación decir: —yo trabajo para darles a mis hijos los regalos de navidad— y cuando se le preguntó si les daba muchos regalos, dijo: —les lleno la casa de regalos, de tal manera que en todo el año están estrenando juguetes y hasta los terminan regalando sin abrirlos. Esta mujer representa la frustración de muchos niños nacidos en los 60’s o 70’s que en navidad se quedaban con las manos vacías, con muy poco o simplemente, con la decepción de no recibir lo que esperaban.

Los descendientes de la generación ye ye, por lo general, se han educado en la soledad del hogar; donde los padres están muy ocupados trabajando para “que no les falta nada”. La ausencia de los progenitores en este tipo de familias ocasiona una relación de culpa- odio; la culpa es de los padres, puesto que a pesar de darles “todo lo que necesitan”, los marginan de su compañía, su tiempo, afecto y amor; ahora, el odio o rabia es de los hijos, que siguen igual que sus padres, en carencia. Se ha repetido la historia, los mismos dolores emocionales de la infancia de los progenitores se proyectan en sus hijos. Todo lo que hay en la mente es lo que se constituye en realidad. La proyección se aplica tanto para padres que se comportan de idéntica forma, u opuesta a la de sus progenitores. Son polaridades fraguadas por el resentimiento, la culpa, la tristeza, el temor o el fastidio que todavía habita en su mente inconsciente. Los hijos de esta generación están embebidos de las mismas emociones, sienten dolor hacia sus padres y estos se preguntan: —¿Por qué? Si yo le he dado todo, no lo he maltratado, lo he consentido, le he dejado expresarse y, sin embargo, parece odiarme, me ofende, me irrespeta, me lastima.

La generación ye ye que continúa sin sanar y se excede en disciplina, o no educa a sus descendientes bajo límites adecuados, requiere reconocer que están maltratando a sus hijos igual que sucedió con ellos. La violencia tiene diferentes caras, la negligencia es una de ellas, los hijos perciben la falta de límites y la persistente ausencia de los padres como: no me ama, me desprecia, no le importo, no quiere estar conmigo. Los padres nacidos en estas épocas suelen brindarse a sus hijos como amigos, hermanos e incluso son hijos de sus hijos, y en el caso de los padres dictadores, sus descendientes los perciben como un mandatario o un jefe impositivo. Ambos marginan a sus hijos de tener un padre o una madre, justo lo que necesitan.

Queridos padres y madres de la generación ye ye: se pueden corregir y enmendar los errores cometidos, por experiencia propia lo asevero. Quiero ser una voz de reflexión y esperanza para aquellos que todavía se encuentran inmersos en dicha proyección emocional con sus hijos. Reconocer es el primer paso para liberar y cambiar dichas emociones y sanar. Estas heridas son las que no te permiten ser padre o madre en todo el sentido de la expresión. Este artículo es la recopilación, fruto de la experiencia personal cuando creí que “perdía” a mi hijo mayor, lo cual fue la campanilla que me hizo despertar y reflexionar sobre mis errores. Unas consignas que ahora deposito en este escrito a la espera de “ser la campanilla” que un día me sacudió e hizo que me dispusiera “manos a la obra”.

 

La generación ye- ye y los efectos emocionales en sus hijos
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Luz Quiceno Romero
Ing. Técnica en Topografía. Trabajo en su área profesional durante 10 años, en los cuales a su vez, ejerció como catedrática universitaria. Escritora y Diplomada en Bioneuroemoción, un método que perfecciona su habilidad para conectarse y acompañar a las personas en la toma de consciencia y cambio de percepción de sus conflictos. Luz Quiceno se ha especializado por su experiencia personal y profesional en temas de la mujer.

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