comunicación inconsciente
Comunicación por el olfato

Si la vista y el oído, el gesto y el habla, nos comunican a distancia, el olfato y el tacto se reservan parcelas cercanas e íntimas por lo próximas del encuentro entre seres humanos.

Particularidades del olfato

El olfato nos pone en directo contacto con las invisibles partículas que emanan de nuestros interlocutores. El aliento del que nos habla, educadamente desviado de nuestro rostro, es un chorro de mensajeros químicos, partículas personales, que recibimos con los mensajes hablados.

La transpiración, excitada por la emoción, inseparable de la comunicación oral, nos envuelve en una atmósfera propia. La burbuja personal que delimita el territorio que llevamos a todas partes, no es simplemente metafórica. Cuando nos acercamos a otros fundimos los espacios que llevan algo de nosotros.

Los insectos nos eligen o nos rechazan en su búsqueda de alimentos; los perros pueden seguir la pista de un hombre en medio de una muchedumbre lo cual significa que poseemos un aura personal, un rastro, una firma olfativa inconfundible. Los diferentes estados emocionales, el miedo, la ansiedad, el entusiasmo, el tedio, la seguridad, la indignación, la fertilidad y el amor, están ahí fuera, a disposición del que nos pueda oler.

La comunicación sin olor

Vivimos, sin embargo, en una sociedad desodorizada que intenta por todos los medios eliminar cualquier vestigio de nuestras hormonas. La higiene se extrema en una neurótica ocultación de nuestro rastro. Pero la complicada red de emisión de los mensajeros químicos externos se mantiene en su ancestral funcionamiento y no precisamente para atraer perros o mosquitos.

La hipótesis de una comunicación inconsciente de nuestros estados de ánimo y de nuestras peculiaridades personales, a través del olfato, resulta tan fascinante como razonable. Sería una obvia explicación de tantas fobias y filias inexplicables, del sexto sentido que algunos se atribuyen, del instinto y del olfato que decimos tienen los conocedores del personal.

Algunos poderes ocultos de la mente quizás estén en nuestra nariz. El hombre quiere construirse su propia atmósfera de olores personales. Erradica en cuanto le es posible los restos que emanan de sus glándulas y se sumerge en otras que le parecen más apropiadas e inocuas. Quiere oler a flores y cosas así. La nube del tabaco es otra pesada cabina que lleva por todas partes.

olor

El insistente camuflaje de los perfumes añadidos, como el maquillaje y el vestido, constituyen un instrumento de control estratégico y una modesta contribución a la convivencia respetuosa. Lo personal se oculta, se minimiza. No dar demasiada cuenta de si para no molestar y para mantener el dominio de nuestra reserva.

Hoy utilizamos colonias antiparasitarias en vez de meternos en complicados mosquiteros. El jabón, los desodorantes y el toque impersonal de una colonia, amen del tabaco y el chicle, nos anonimizan ante los mosquitos diurnos: ya nos daremos a conocer con el gesto y las palabras, de las que esperamos tener un mayor control.

El poder del olor

Somos poderosos y modestos: el oler demasiado resulta inelegante, al menos para la gente sencilla, que no quiere impresionar por sofisticada. Un rico perfume distingue a la clase más poderosa, que no se resigna a dejar de “colonizarnos” con una extensión abusiva de su territorio.

Los más nos conformamos con oler limpio. No marcar territorios por adelantado. Dejar que la fragancia de la naturaleza lleve el mensaje puro de nuestra personalidad, la llamada espontánea y silenciosa, inconsciente, que en cada momento esté de acuerdo con la situación y nuestros deseos.

La comunicación inconsciente a través del olfato
Vota este artículo!

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.