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Transferencia y contratransferencia

Las psicoterapias psicoanalíticas son, básicamente, unos procesos que discurren sobre las emociones y los sentimientos de los participantes (pacientes y terapeutas). La teoría y la técnica psicoanalíticas nos brindan los instrumentos teóricos y técnicos para intentar comprender mejor estos sentimientos, es cierto; pero lo que queremos subrayar aquí es que la “materia prima” con la que se trabaja en las psicoterapias psicoanalíticas son, ni más ni menos, los sentimientos y afectos (conscientes e inconscientes).

El encuadre o setting psicoanalítico

Además de los aspectos prácticos que se formalizan en el “contrato terapéutico” (duración de las sesiones, puntualidad, vacaciones, honorarios, etc.), hay un problema que afecta al terapeuta en exclusiva, el encuadre interno. Se trata de la necesidad que tiene el terapeuta tener unas condiciones internas que le permitan comprender y estar en disposición de ayudar de una manera prolongada sus pacientes. Este aspecto sólo se puede conseguir mediante el análisis personal o la psicoterapia. El tratamiento personal posibilita comprenderse mejor uno mismo y, por tanto, entender mejor a los demás, permite vivenciar con la neutralidad necesaria la contratransferencia que todo paciente suscita y, en lugar de actuar la -convirtiéndola en acción-, utilizarla en beneficio del paciente.

La alianza de trabajo

Aunque es innegable que en el ánimo de todos anida el deseo de que se superen los síntomas o experiencias vivenciales que han llevado al paciente a la consulta, paciente y terapeuta deben poder someter este deseo a las exigencias del método terapéutico. El eje principal del método psicoanalítico no es precisamente el abordaje directo y rápido de estas aflicciones, sino el establecimiento de una relación terapeuta / paciente que permita un cierto despliegue (mayor o menor teniendo en cuenta la técnica a aplicar) del psiquismo de este último, para su análisis y comprensión.

¿Cómo podemos definir la alianza de trabajo?

Se han ofrecido muchas definiciones para este concepto, pero en general diremos que se trata de la capacidad de colaboración a la que son capaces de llegar el terapeuta y el paciente para trabajar conjuntamente para con el objetivo primordial de toda psicoterapia psicoanalítica: la investigación (en mayor o menor grado) sobre el funcionamiento mental del paciente. Dicho de otro modo, terapeuta y paciente se ponen de acuerdo sobre lo que quieren hacer. Estas ideas ya estaban presentes en las situaciones clínicas que Freud abordaba al final del siglo pasado, cuando decía que su método era “inaplicable sin la plena colaboración y atención voluntaria de la enferma”.

Sea como sea, hay que subrayar que la alianza de trabajo no se “pacta” en una sola sesión y una vez para siempre. Es un proceso constante a lo largo de buena parte de la psicoterapia psicoanalítica, si bien, no hay ninguna duda, sus bases se establecen al inicio del tratamiento.

La transferencia

El primer amor objetal, el primer odio objetal son, pues, la raíz y el modelo de toda transferencia ulterior que no es una característica de la neurosis, sino la exageración de un proceso mental normal.” Ferenczi, S. (1909). Transferencia e introyección. A Obras Completas. Madrid: Espasa Calpe.

¿En qué consiste la transferencia?

Un vistazo a cualquier diccionario nos mostrará que en lenguaje común (no técnico) transferencia es “el acto de transferir”, y transferir es pasar o llevar algo de un lugar a otro. Y en eso, precisamente, reside la actividad de la transferencia, a trasladar ciertas emociones, vivencias, reacciones, etc. de un lugar a otro, de un tiempo (pasado) a otro (presente) en el devenir del curso vital. La idea, entonces, es que cuando se produce la transferencia una persona se sitúa en su presente de una manera muy mediatizada por su pasado. En este sentido, el concepto de transferencia describe algo que, en sí misma, es bastante obvia: es imposible vivir sin el influjo constante de la propia historia. Por lo tanto, en nuestro momento vital actual, en el aquí y ahora, se produce siempre una sutil -pero activa- combinación de elementos “reales” y de elementos vividos anteriormente. Así pues, las ideas principales de la transferencia en terapia serían:

  • La transferencia es un fenómeno universal, se da en todo el mundo y en toda situación.
  • La transferencia se basa en la premisa de que, por definición, se conserva siempre algo de lo vivido o ha “estado” anteriormente.
  • La transferencia conlleva una superposición de situaciones pretéritas a situaciones actuales; entonces, estas últimas quedan más o menos deformadas según esta superposición.
  • Si los puntos anteriores son ciertos, se dará siempre transferencia en todas las relaciones humanas y, por tanto, también en la relación que terapeuta y paciente establecen en la práctica de cualquier forma de psicoterapia psicoanalítica.

La transferencia y sobre todo su análisis (observación, comprensión e interpretación) serán los mejores vehículos para el estudio del funcionamiento psíquico del paciente. Por lo tanto, será el fenómeno más importante en el seno de las principales formas de tratamiento que derivan del psicoanálisis: el psicoanálisis propiamente dicho y la psicoterapia psicoanalítica.

Un esquema que puede ser útil para entender el fenómeno de la transferencia es el presentado por Malan (1979) cuando nos habla de lo que él denomina triángulo del conflicto y triángulo de las relaciones.

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Ejemplo de transferencia en psicoanálisis

A continuación os dejamos un ejemplo en el que la actitud transferencial tiñe desde el primer momento la relación del paciente con el terapeuta:

Se trata de una mujer, la Sra. E., de veintidós cuatro años, que vive atormentada por una serie interminable de intensas ansiedades, cambios en el estado de ánimo, sensaciones de vacío, dudas a propósito de la identidad y la orientación sexual, relaciones conflictivas con sus partidarios, etc. Se queja, ya en la primera entrevista, de haber recibido muy poco afecto de su madre y una atención inadecuada cuando era niña. Toda su existencia está marcada, pues, por la queja reivindicativa que no le dan suficiente. Esta actitud se presenta inmediatamente en la primera entrevista con el terapeuta. Cuando éste, tras una entrevista de 60 minutos de duración, hace un breve resumen de todo lo que se ha podido hablar y la invita a acudir a una segunda visita, la paciente le responde:

P: Ah!, ¿ya está? Pero tendría que explicar algo más…, no me puedo ir así. ¿Qué hago? Dígame algo…, yo pensaba que me daría un consejo o algo parecido. ¿No me puede ayudar más? ¿No ha visto que yo necesito mucho? ¿Siempre será así? Si es que sólo he hablado yo…

En este ejemplo que la paciente llega a tomar el terapeuta como una figura materna de la que se espera aun siendo que recibe poco. Sus aspectos más adultos, los que le indicarían que es imposible resolver en 60 minutos todos sus síntomas y dificultades, quedan colapsados ​​por la repetición de la vivencia de abandono, y la reacción hostil y quejosa subsiguiente de la paciente hacia las personas de que se siente dependiente. Así, de una manera casi instantánea, la paciente vive el terapeuta como una madre que no la cuida adecuadamente, le da poco y la abandona sin tener en cuenta las necesidades de su pequeña.

La contratransferencia

De acuerdo con Eskelinen (1981), entendemos por contratransferencia el conjunto de respuestas emocionales del terapeuta ante las comunicaciones de su paciente.

¿En qué consiste la contratransferencia?

Estas respuestas emocionales del terapeuta son su aliado más fiel para entender, “captar” y poder analizar la transferencia de su paciente. Esto es lo mismo que decir que es gracias, en parte, a la contratransferencia que el terapeuta puede ayudar a su paciente. Un terapeuta sin contratransferencia sería una situación tan extraña como la de una madre que no responde emocionalmente ante su bebé (situación que, en caso de darse, es de una “toxicidad” mental y física enorme para el bebé).

Podríamos resumir esta idea con una especie de ecuación que se representaría así: “sentimientos manifiestos (del paciente) +” sentimientos observados “(los del mismo terapeuta, que se observa y se estudia a sí mismo) = terapeuta en disposición de entender y ayudar. Sólo así el terapeuta es un ser humano que ayuda, y no un “robot” que interpreta mecánicamente lo que su paciente le dice.

Ahora bien, una vez planteadas las cosas de este modo, la pregunta que surge es obvia: ¿cómo se consigue que la respuesta emocional del terapeuta ante su paciente no esté influida en exceso por las vivencias personales y los conflictos no resueltos del terapeuta? El terapeuta deberá observar su contratransferencia; para poder separar qué aspectos le pertenecen como persona y cuáles han surgido como respuesta a la escucha del paciente. Para ello contará con dos recursos fundamentales: su tratamiento personal y la supervisión del trabajo terapéutico con un profesional de más experiencia. Si mediante su tratamiento personal el terapeuta ha podido observar y, de alguna manera, resolver sus conflictos infantiles, esto ayudará a esta deseable “objetividad” de la contratransferencia. Con la supervisión, podrá percibir los matices de la comunicación del paciente que se hayan escapado a su comprensión y perfilar mejor sus intervenciones, dirección y objetivo del tratamiento.

Ejemplo de contratransferencia en psicoanálisis

Pondremos un ejemplo del buen uso de la contratransferencia:

En las sesiones con la Sra. D (una joven que había sufrido anorexia en su pubertad y que acudió a la consulta tras una intoxicación etílica aguda, aparentemente inmotivada, que alarmó a sus familiares), el terapeuta se sintió, durante un cierto tiempo, muy a gusto. Se trata de una paciente colaboradora, que asocia y parece muy motivada a investigar en su psiquismo. Pero a medida que avanza el tratamiento el terapeuta tiene una vaga sensación de futilidad y, posteriormente, aburrimiento, si bien la conducta de la paciente a la consulta ha variado poco. El terapeuta tiene entonces el sentimiento que en ese tratamiento “no pasa nada”, curiosamente ante una persona a la que habían pasado “tantas cosas”. Con la ayuda de la supervisión el terapeuta le pudo señalar lo siguiente:

T: Me parece que desde hace algún tiempo usted hace un considerable esfuerzo para suavizar su tratamiento. Parece que es difícil que podamos ver otros aspectos sus más conflictivos o complejos …, como si no pasara nada, como le ocurrió con el consumo de alcohol aquella vez…, que parecía que era “por nada” …

P: (Sorpresa) Sí…, creo que sí…, de hecho vengo aquí con un tema preparado, ya pensado, y como en todas partes me cuesta hablar de mí misma, de mis cosas…

T: Y parece que le cuesta encontrar sus sentimientos, las cosas que de verdad la mueven, como si por dentro quizás se encontrara vacía o algo parecido…

P: Sí…, a veces me parece que me conozco muy poco, hago las cosas un poco “porque sí” o incluso como si yo misma me otorgan un papel en una obra de teatro o una película…, y me acabo creyendo la película. A veces me veo a mí misma haciendo algo sin saber muy bien cómo, me meto y punto.

Ahora la respuesta contratransferencial del terapeuta (sensación de futilidad y aburrimiento en una paciente que superficialmente parecía que era muy activa en el tratamiento) se nos hace más comprensible. Lo que en principio parecía que era un auténtico despliegue de su personalidad no resultaba más que una pieza teatral repetida hasta la saciedad, poco viva, destinada a distraer al terapeuta y a ella misma de sus verdaderos sentimientos de vacío y futilidad. Así, tras las bambalinas del escenario se apreciaba una personalidad empobrecida por la falta de contacto con sus sentimientos y sobrecompensada en una acción “como si”. En este caso, la contratransferencia del terapeuta ayudó a perfilar los problemas de la paciente y a dar un giro al tratamiento.

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