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“Por favor, dad Me gusta a esta foto. Me maquillé, me ricé el pelo, me puse un vestido ajustado y una joya grande e incómoda… Me hice 50 fotos hasta que conseguí una que pensé que podría gustaros y la edité durante horas en distintas aplicaciones, para así poder sentir algo de vuestra aprobación social” Essena O’Neill

Usada correctamente, Instagram puede ser una red social divertida que nos conecta con otras personas y nos permite expresarnos. Pero si profundizamos un poco, no es difícil comprobar su otra cara: un catálogo de imágenes idílicas, vidas de ensueño, cuerpos perfectos y una felicidad impuesta maquillada con filtros valencia que a través de un puñado de pixeles nos recuerdan, especialmente a las personas más vulnerables, lo imperfectas que pueden llegar a ser nuestras vidas reales.

No hay que olvidar que en la mayoría de ocasiones, lo que nos transmiten estas imágenes no son más que un producto ficticio, un escaparate de sombras chinescas que solo proyectan una apariencia idealizada que percibimos vagamente tras la cortina que esconde la vida real. Y en esa vida real que no mostramos, persiguiendo el sueño de la perfección, puede hallarse una fuerte necesidad de aprobación social que anula nuestra personalidad y nuestras verdaderas necesidades psicológicas y emocionales.

Instagram como termómetro de nuestra valía

Instagram ha crecido de forma exponencial, cerrando 2017 con 800 millones de usuarios y triunfando especialmente entre la población mas joven. La red social en la que reina del selfie, ha configurado un espacio y un lenguaje propios que pocos adolescentes desconocen: auto exposición y refuerzo inmediato a través de likes, comentarios y seguidores; cifras que en ocasiones terminan confundiéndose con una “muestra” de nuestra validez personal y que puede generar verdaderos estados de ansiedad si no se experimentan desde cierta lejanía y autocontrol.

La búsqueda de identidad puede quedar colapsada ante las continuas exigencias de una sociedad hiperdemandante y en constante cambio. La sublimación del “yo” y la necesidad constante de aprobación que premia el narcisismo y la obsesión por la atención social, también puede dañar la autoestima y el funcionamiento normal en la vida diaria fomentando la apatía, el vacío existencial y la falta de motivación para estudiar o relacionarnos con los demás, entre otras actividades.

Casos reales

Cuando hablamos de las consecuencias negativas que puede traer la sobre exposición a esta red social no solo hablamos de los consumidores, sino también de los que exponen su vida con total dedicación, convirtiendo su imagen en un producto que se trasforma en su medio de vida y con el que obtienen feedback constante: los influencers.

Muy comentados son casos como los de la influencer Essena O’Neill, una joven australiana con miles de seguidores que tras sufrir los impactos negativos que este modo de vida ejercía en su salud psicológica, decidió acabar con la farsa lanzando reflexiones a sus fans en las que exponía la falta de realidad que mostraba en sus aparentemente idílicas fotos y el sufrimiento constante que le habían generado todas esta exigencias con respecto a sus inseguridades estéticas, su autoconcepto y su obsesión por la perfección y la aprobación de los demás.

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Otro trágico caso es el de la joven Celia Fuentes, que a pesar de mostrar imágenes que mostraban una vida ejemplar a cientos de seguidores, sufría de inseguridades, ansiedad y depresión, que según sus amistades más cercanas, habían sido potenciadas por el mundo exigente de la moda en Instagram y que por desgracia, hicieron poner fin a su vida recientemente.

La red social con peor impacto para los jóvenes

Un reciente estudio británico llevado a cabo por la Royal Society for Public Health, ha encontrado que Instagram es la red social que peor impacto genera en la salud mental de los jóvenes. En la encuesta llevada a cabo con 1479 participantes de entre 14-24 años, se halló que Instagram resultaba ser la red social más relacionada con inseguridades estéticas, insomnio, depresión, bullying o FOMO (fear of missing out), un síndrome relacionado con la sensación de perdernos cosas y quedar excluidos, que nos puede atar permanentemente a las redes de forma compulsiva.

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No todo es negativo, si se aprende a hacer buen uso de ello

Sin embargo, la red social no solo está asociada a conceptos negativos, Instagram puntúa alto en cuanto a auto expresión y auto identidad y un 70% de los encuestados afirmó haber encontrado apoyo en situaciones difíciles, así como les ha ayudado a socializar. Todo depende del grado de conciencia con el que se utilice y de los valores y fortalezas que poseen los usuarios, que suelen mostrarse más vulnerables contra menor edad poseen.

Por otra parte, según un estudio llevado a cabo por profesores de Harvard y Vermont, varias características de nuestros perfiles en esta red pueden ser un indicador de comportamientos relacionados con trastornos depresivos, hallando que los usuarios que suelen publicar más post diarios con tonos oscuros, grises y azulados y con predominancia de rostros, son propensos a padecer esta dolencia. Así pues, Instagram puede ser una herramienta que nos ayuda a detectar esta problemática si se hace buena práctica de ella.

Como explicamos, usada con prudencia y realismo, la red social puede ser un buen medio para divertirnos y encontrar a personas afines a nosotros. Es necesario educar y concienciar a los más jóvenes para que aprendan a diferenciar ficción de realidad y a valorar otros aspectos de la vida que les aporten un concepto más sano y verdadero de sí mismos. Pero cuando la vida real empieza a quedar a un lado ante el universo ficticio que se impone a través de la pantalla, es hora de apagar el móvil, dejar de compararnos y vivir.

Instagram y su impacto sobre la salud mental
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