Una idea irracional es aquella que nos impide mantenernos en un estado de equilibro psicológico adecuado. A través de estas creencias irracionales, llegamos a pensar que ciertos aspectos de la vida sólo tienen una interpretación posible y, de este modo, no somos capaces de ver más allá. Las ideas irracionales son aprendidas, por lo que se pueden someter a debate y desaprenderlas. La mejor forma para desmontarlas es analizarlas y proponer una alternativa más real y funcional. A lo largo de este artículo se verán las principales ideas irracionales y se propondrá una alternativa más adecuada y funcional.

Ideas irracionales más comunes y cómo hacerles frente

“Para sentirme bien, necesito la aprobación de todo el mundo”

Esta es una de las ideas irracionales que recorre la mente de muchas personas. ¿Quién no se siente mal cuando escucha una crítica negativa aunque esté argumentada y razonada? Cuando alguien nos muestra su desaprovación nos sentimos atacados y pensamos que algo hemos hecho mal. Se trata, como en muchas ideas irracionales, de una mala pasada de nuestra autoestima. Si ésta no es fuerte, tenderemos a interpretar una crítica como una muestra de lo poco que valemos.


¿Qué podemos hacer? Lo más racional y sensato es interiorizar que no podemos gustar a todo el mundo. Incluso a aquellas personas a quienes agradamos también podemos despertar su desacuerdo en algunas ocasiones, sin significar que les hayamos dejado de gustar. El proceso de aceptación nos ayudará en gran medida para sentirnos bien con nosotros mismos. Este proceso gira en torno a aceptarnos tal como somos, con nuestras virtudes y defectos, sin necesidad de que nadie nos esté aprobando a cada instante.

“Para valorarme, debo ser perfecto”

La creencia de que debemos ser perfectos, es cuanto menos, irreal. Cuando alguien se valora en relación al grado de perfección que puede alcanzar, lo frecuente es que difícilmente sea feliz. Algunas personas tienden a pensar que si algo no les sale bien a la primera, no valen para ello. Pensamos que si no somos perfectos en la realización de alguna tarea, es sinónimo de que no somos válidos a nivel general. Generalizamos una acción a nuestra vida en general.

Pero, ¿qué es la perfección? ¿Es posible hacerlo todo bien? ¿Mi valía como persona se debe valorar en relación a que una tarea me salga mejor o peor? Los fallos son inevitables en el aprendizaje, incluso cuando somos expertos en algo, también nos equivocamos. Además, a cada uno se nos da mejor una habilidad u otra. Por lo tanto, si aspiramos a ser perfectos, lo más probable es que acabemos frustrados, tristes e iracundos.

“Es terrible que las cosas no salgan como quiero”

Cuando nos aferramos a una expectativa, solemos supeditar nuestra felicidad a su consecución. Si todo sale como queremos, somos felices; si no sale como esperamos, sufrimos. Esta forma de afrontar el porvenir, sin duda, sólo nos puede generar malestar. Cuando emprendemos un proyecto o tenemos una meta, es saludable pensar que podemos no llegar a conseguirlo. Sin embargo, es importante señalar que no se trata de pesimismo, sino de contemplar todas las opciones posibles. De esta forma, si no ocurre lo que queremos, no lo viviremos de forma tan terrible.

La felicidad y la desgracia humana están causadas por factores externos y no se puede hacer nada para controlarlo

Como afirman Humbelina Robles y María Isabel Peralta (2015), profesoras de Psicología de la Universidad de Granada, atribuir la falta de felicidad a los acontecimientos es una forma de evitar enfrentarse con la realidad. Nuestra propia interpretación de los hechos es la que causa la infelicidad. Si pensamos que nuestra felicidad depende de lo que ocurre fuera, estaremos a merced de los acontecimientos. Por lo que hay que tener en cuenta que el exterior, al ser tan cambiante, difícilmente será como nos gustaría.

¿Cuántas personas reaccionan de igual forma a un mismo acontecimiento? Existen tantas reacciones como personas. El hecho de que alguien reaccione con calma ante algo que a nosotros nos pone nerviosos, es señal de que existen más formas de relacionarnos con los problemas. Estas formas de relacionarnos suelen ser aprendidas a lo largo de nuestra vida, por lo que si son aprendidas, también se pueden desaprender y cambiar por creencias más racionales.

Las cosas han de ser fáciles, si no es así, mejor evitarlas

Existe la creencia de que en la vida todo ha de venir de forma fácil, sin dificultades. Aquello que cuesta, mejor lo dejo o que lo hagan otros. Evitar las dificultades sólo nos llevará a postergarlas y, a la larga, el peso de toda nuestra responsabilidad será tan grande que podemos acabar por victimizarnos. Echaremos la culpa a la vida por ser demasiado dura cuando en realidad hemos sido nosotros quiénes no hemos hecho frente a las responsabilidades y contratiempos.

El pasado determina el presente, y una vez que ha pasado, siempre va a pasar

En muchas ocasiones podemos llegar a pensar que aquello que pasó volverá a pasar. Si hemos fallado en algo, creemos que volveremos a fallar. De esta forma, nos condicionamos nosotros mismos a que la historia se repita una y otra vez. ¿Qué podemos hacer? Ser consciente que algo que pasó no tiene porque volver a ocurrir. Cuando aprendemos a montar en bicicleta, lo más normal, es que al principio nos caigamos unas cuantas veces. Si nos quedásemos con la primera caída, ¿qué pasaría? Nunca aprenderíamos. Lo mismo ocurre con la gran mayoría de situaciones. Dejarnos condicionar para mal por el pasado, es limitar nuestra libertad y crecimiento.

Ante cualquier problema existe una solución perfecta y es catastrófico si esa solución no se alcanza

Si pensamos que ante un problema sólo existe una solución y esta ha de ser perfecta, estaremos abocados al fracaso y a la frustración. De esta forma, podemos quedarnos atrapados en la búsqueda de esa utópica solución y pasaremos otras que sean válidas. Ante un problema, realmente pueden existir un gran número de soluciones, y muchas de ellas muy válidas. Un signo de buena salud emocional, es aceptar la mejor solución posible, aunque esté alejada de la que habíamos imaginado en un principio.

Debo asumir los problemas de los demás como propios y debo preocuparme constante por ellos

Ayudar a los demás nos hace más felices, está comprobado científicamente. Lo que no nos hace más felices ni nos ayuda es cargar con un exceso de problemas ajenos. Si pensamos que acarrear con todos los problemas ajenos es nuestra obligación, comenzamos a sentirnos agotados, sin energía. La ayuda que prestemos a los demás ha de corresponderse con el grado de nuestras habilidades y competencias. Por ejemplo, si alguien nos pide que le arreglemos un electrodoméstico porque tenemos cierta mañana pero justo ese no sabemos, no hay porque sentirse mal, no es nuestra obligación.

Hemos de ayudarnos en la medida de lo posible, pero sin olvidar que cada uno de nosotros debemos enfrentar nuestros problemas. Podemos ayudar a un amigo a estudiar, podemos hacerle esquemas y explicarle el temario, pero quien debe hacer el examen es él, no nosotros. Por lo que nuestra ayuda tiene cierto límite.

Si algo puede ser peligroso, debo preocuparme constantemente por la posibilidad de que ocurra lo peor

Cuando algo peligroso o amenazante puede ocurrir, pensamos que debemos preocuparnos, porque si no es así, algo malo pasará y además será nuestra culpa. Si sospechamos que podemos ser despedidos del trabajo y no nos preocupamos constantemente por ello, podemos llegar a pensar que esta falta de preocupación hará que nos despidan.

Lo racional en este caso es saber que si creemos que nos van a despedir, preocuparnos en exceso no nos servirá de nada. Si podemos solucionar el problema, lo intentaremos. En cambio, si no podemos solucionarlo, preocuparnos en exceso sólo conseguirá generarnos estrés. A través de la preocupación, no solucionaremos nada.

Está mal ser egoísta

La última de las ideas irracionales más extendidas, es que ser egoísta está mal. Existen dos tipos de egoísmo: uno sano y otro perjudicial. El perjudicial es aquel que nos pone por delante de todo y de todos. “Primero yo, después y yo y al final yo también”. Se trata de un egoísmo que no tienen en cuenta las necesidades ni las emociones de los demás. Sin embargo, existe un egoísmo sano, que más que egoísmo, se podría cambiar por “cuidarse”. Si no estamos bien con nosotros mismos, difícilmente lo estaremos con los demás. Por lo que es importante cuidarse tanto a nivel psicológico, emocional y físico, para poder dar lo mejor de nosotros a los demás y a nosotros mismos.

Bibliografía

Robles, H. y Peralta, M. (2015). Programa para el control del estrés. Madrid: Ediciones Pirámide.



Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here