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Un acto de agresión a la mujer

La historia de la violación, es primero y, ante todo, la historia de la mujer considerada como un objeto, una propiedad y no como un ser humano igual que los hombres.

Se puede considerar como violación a todo acceso carnal con una mujer cuando se emplea la fuerza o bien se intimida de algún modo a la mujer, contra la voluntad de ésta.

Así mismo se considera violación, cuando la relación sexual se produce con una menor de edad o estando ausente la voluntad de la mujer: enfermedad mental, estado de embriaguez, etc.

La historia de la violación no es la de los crímenes sexuales cometidos por espíritus estrafalarios, maniacos o perversos. Desde siempre, la violación constituye, sencillamente, un acto de agresión y de dominación para con las mujeres. En las sociedades tribales, se comerciaba el uso de su cuerpo como el de las tierras y el del ganado. La violación constituía un arma eficaz para marcar su propiedad ante los ojos de todos, o también, para humillar a un pueblo enemigo.

Hasta el siglo XV, el rapto y la violación eran hechos completamente “aceptables” para apropiarse de una esposa. Al violar a una virgen, el hombre se atribuía para siempre su uso exclusivo. A cambio de su fidelidad y de su sumisión, el violador le garantizaba la protección contra los otros hombres. En algunas sociedades, castigaban a las mujeres rebeldes entregándolas como pasto a los hombres del pueblo. Después de que todos hubieran abusado de ella, la expulsaban del clan. Aparte de las mujeres marcadas, ningún hombre podía apropiarse de una mujer ya casada y menos de una virgen prometida a cualquier otro.

 

En la mitología griega

Las violaciones ya aparecen en la mitología: el episodio del rapto y violación de las sabinas recuerda el momento en que los romanos, en la época de Rómulo, fundador de Roma, tenían escasez de mujeres en su territorio y atacaron a los vecinos Sabinos y raptaron y violaron a sus mujeres. Este episodio mitológico aparece representado en la pintura y la escultura.

Rapto y violación de Europa por Zeus

Tiziano representó en un famoso cuadro el rapto de Europa por Zeus. Europa era una hermosa princesa, hija del rey de Tiro (Fenicia). Zeus se enamoró perdidamente de la joven y para poder poseerla se disfrazó como un manso toro blanco, mientras Europa se bañaba a orillas del Mediterráneo. La joven al ver al hermoso animal se subió encima del toro. Júpiter, entonces, se adentró en el mar y nadó hasta Creta. La violación de la joven no está explicitada en la leyenda, pero lo cierto es que Europa quedó embarazada del Dios del Olimpo, dando luz a Minos, que sería rey de Creta.

El rapto de Europa es uno de los numerosos casos de violación que aparecen en la mitología y tienen al Dios Zeus como protagonista.

En la antigüedad

Desde los tiempos más remotos, los hombres instituyeron leyes muy estrictas en contra de las violaciones cometidas en el interior de un mismo grupo social para proteger así su “propiedad”. Hace 4000 años, el código de Hammurabi condenaba la violación de una virgen a la pena de muerte. En el caso de una mujer casada, el crimen resultaba un simple caso de adulterio. El violador y su víctima compartían la culpa por igual. Sin embargo, el marido tenía la potestad de ahorrar a su esposa la pena de muerte, concediéndole su perdón. Si no, se la ahogaba junto al violador.

En la misma época, los hebreos instituyeron normas un poco más sutiles. Si un hombre violaba a una virgen en el interior de los muros de la ciudad, los dos eran lapidados hasta la muerte. Los rabinos argüían, que la mujer tenía que gritar para conseguir ayuda. En una situación así, con la mujer gritando, nadie podría violarla sin ser sorprendido en flagrante delito. El saber patriarcal admitía, sin embargo, que una violación cometida fuera de los muros de la ciudad disculpaba a la virgen totalmente. Efectivamente, nadie hubiera podido escuchar los gritos de una campesina violada en el bosque. En este caso, el autor de la violación debía pagar al padre el precio justo de la virginidad de su hija y luego casarse con ella. Si el violador no podía plegarse estas exigencias, se le lapidada y el padre obtenía el derecho de violar a la esposa o a la hija del agresor. A su vez, la virgen marcada era cedida como concubina o también, vendida a un hombre demasiado pobre para proporcionarse una virgen.

Las violaciones cometidas en el exterior del país se incluían entre las tácticas para humillar y debilitar al enemigo. La victoria de un pueblo sobre otro le aseguraba el disfrute permanente de las mujeres conquistadas. Las utilizaban como esclavas, concubinas y procreadoras, a fin de asegurar la prosperidad de los vencedores.

Mujeres como botín de guerra por los romanos

En la Edad Media

En la Europa feudal del siglo X, la violación de una virgen que reuniera fortuna y nobleza atraía a los caballeros ávidos de gloria y de riqueza. Fue la época de las capturas para apropiarse de ricas herederas. El raptor secuestraba a su víctima y la desposaba contra su voluntad. En ese caso, nadie podía censurar al secuestrador. En efecto, desde el punto de vista legal, el carácter sagrado del matrimonio anulaba cualquier vestigio de culpa en el agresor. Hubo que esperar hasta el siglo XV para decretar la nulidad de estos matrimonios. Entretanto, la ley preveía un castigo muy severo para disuadir a los violadores. Éstos perdían todos sus bienes, se mutilaba a sus animales e incluso se les mataba. Luego, la víctima recibía todo el botín de su raptor a modo de compensación por su virginidad perdida.

En el siglo XI, bajo el dominio de Guillermo I de Inglaterra, más conocido como Guillermo el Conquistador, se reemplazó la pena de muerte por la mutilación. La ley decía así: “Que pierda los ojos que le han permitido ver la belleza de la virgen y codiciarla. Que pierda también los testículos que excitaron su violento deseo.” Esta carnicería podía evitarse si la víctima consentía en casarse con el agresor. Sin embargo, tales conveniencias no podían reconciliar a una rica heredera con un plebeyo y menos a una campesina con un noble señor. En realidad, las mujeres del pueblo no tenían prácticamente ningún recurso posible ante la ley y estaban totalmente desamparadas frente a los señores.

El Amor Cortés

En esta época, las reglas del amor cortés exigían el máximo respeto a las damas. Se bailaba el minué para seducir a una mujer noble, pero se cebaban con violencia en las pobres campesinas. La historia está llena de nobles caballeros, muy tiernos con sus “damiselas”, pero que violaban a las mujeres del pueblo encontradas por azar en los caminos. Incluso el más cortés de los caballeros de la Mesa Redonda se dedicaba alegremente a la caza de vírgenes, sin que nadie se indignara por ello. Por añadidura, el rey y los nobles detentaban todos los poderes sobre las mujeres de su dominio. Una arraigada costumbre de la época pretendía que se ofreciera al señor el privilegio de desflorar a toda nueva esposa el día de su boda. Este privilegio constituía el llamado derecho de pernada, que inspiraría en 1613 a Lope de Vega en su conocida obra teatral “Fuenteovejuna”, que fue llevada al cine en 1947 por el director Antonio Román.

Fuenteovejuna

Una mejora notable

A finales del siglo XIII, las ordenanzas de Westminster, proclamadas bajo el reinado de Eduardo I, suponían una clara mejora de la justicia social en materia de violación. Se abolió la distinción entre la violación de una virgen y la de una mujer casada. Esta última, podía entablar un proceso, pero las sentencias se reducían muy a menudo a una simple reprimenda, mientras que la violación de una virgen conducía directamente a la pena de muerte.

En la misma época, se abolió también la antigua costumbre de la reparación de la violación por el matrimonio. Por último, la corona podía iniciar un proceso judicial de violación, en caso de que la víctima renunciará a perseguir a su agresor. Así fue como la violación se convirtió en un “problema público” y no solamente privado, cuya reparación corría a cargo de un tribunal. Desde entonces, las leyes apenas han cambiado, excepto, en que es menor la discriminación entre la violación de una joven inocente y la de una mujer experimentada.

En tiempos de guerra

Aunque se hizo justicia con las mujeres violadas en tiempos de paz, las costumbres guerreras ignoraron los escasos derechos de las mujeres. En la misma época, en que Eduardo I proclamara su célebre edicto sobre la violación, se incitaba a los soldados a violar a las mujeres del enemigo.

Gengis Khan, que dirigió la conquista mongola, cuenta la misión divina de los vencedores:

“La más alta tarea de un soldado es destrozar a sus enemigos, tomar todos sus bienes, montar sus caballos y estrechar en sus brazos las más deseables de sus mujeres.”

Ciertamente, ya no se secuestraba a las mujeres para convertirlas en esclavas, pero el botín de los enemigos, así como la violación de sus mujeres, constituía a menudo la única paga de los soldados.

Con el tiempo, las leyes militares proscribieron estas conductas abusivas. Pero, en la realidad, las guerras y las revoluciones siguen sembrando la violación a su paso. Se las considera, aún hoy en día, como una consecuencia inevitable de la ocupación militar. En tiempos de guerra, las mujeres sufren la venganza del enemigo. En tiempo de paz, sufren a veces, la agresión de esos hombres que las consideran, todavía, como objetos de su propiedad.

En la actualidad

Parece mentira que en pleno siglo XXI, las violaciones sigan considerándose casi normales en países como la India, donde las violaciones múltiples de jóvenes están a la orden del día y los violadores frecuentemente quedan impunes. Otro tanto se puede decir de países como Sudán, donde se intentó conseguir que la violación no fuera un delito. En los países dominados por los radicales del Islam las mujeres no tienen prácticamente derechos y pueden ser violadas. De triste recuerdo es el rapto y violación de más de 300 niñas en Nigeria por la guerrilla de Boko Haram.

Sin embargo, pese a que la ley castigue la violación en los países civilizados, las consecuencias, tanto a nivel físico como psíquico, suelen ser traumáticas y dejan una dolorosa huella, que precisa un largo y difícil tratamiento.

La triste historia del horror: las violaciones a las mujeres
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Gerardo Castaño Recuero
Graduado en la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid. Trabajando como psicólogo en Madrid desde el año 2015 y realizando voluntariado (Cruz Roja, Fundación ANAR...). Práctica clínica y formación postgrado: - Máster en "Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica“ impartido por el Dr. Hugo Bleichmar en Madrid. - Máster sobre "Psicoterapia Focalizada en la Emoción". Ejerciendo como psicoterapeuta individual con adultos (trastornos de ansiedad, cuadros depresivos, baja autoestima, adicciones...) y también con niños y adolescentes (trastornos de conducta, agresividad, trastornos alimenticios, fracaso escolar...).