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Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681) fue un importante dramaturgo, poeta y escritor del Siglo de Oro español. Durante ciertos períodos de su vida también fue soldado y caballero de la Orden de Santiago. Nacido unos años después que Lope de Vega, quien definió el teatro de la época dorada española, lo desarrolló todavía más, y su obra fue considerada la culminación del teatro barroco español. Hoy en día es considerado como uno de los dramaturgos más destacados de España y también del mundo.

Calderón escribe sobre todo comedias y autos sacramentales. Hacia 1623 estrena sus primeras comedias y pronto, Felipe IV le convierte en dramaturgo oficial de la corte. Su momento de mayor esplendor empieza a partir de 1642, cuando se retira del ejército y entra al servicio del duque de Alba. A partir de ese momento se dedica plenamente a la creación literaria, sobretodo para las fiestas de palacio.

Su obra teatral significa la culminación barroca del modelo teatral creado a finales del siglo XVI y comienzos del XVII por Lope de Vega. Fue un autor muy admirado por los grandes autores europeos: Goethe consideraba a Calderón el gran genio del teatro. Algunos autores románticos ingleses vieron en Calderón al poeta dramático y lírico más grande.

Algunas de sus obras más famosas son: “La vida es sueño”, “El alcalde de Zalamea”, El gran teatro del mundo”, “La dama duende” o “El príncipe constante”.

Citas célebres de Calderón de la Barca

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Afortunado es el hombre que tiene tiempo para esperar.

Que cuando el amor no es locura, no es amor.

Nada me parece justo, en siendo contra mi gusto.

En mundo tan singular, que el vivir sólo es soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive, sueña lo que es, hasta despertar.

No hay loco de quien algo no pueda aprender el cuerdo.

Fingimos lo que somos; seamos lo que fingimos.

El honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.

No hables mal de las mujeres: la más humilde te digo que es digna de estimación porque, al fin, de ellas nacimos.

Es admitido proverbio que el bueno para enemigo será para amigo bueno.

Es centro del demonio el pecho del pecador.

En este mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.

Vencerse a sí mismo un hombre es tan grande hazaña, que sólo el que es grande puede atreverse a ejecutarla.

Dormid, dormid, mortales, que el grande y pequeño iguales son en los que les dura el sueño.

¿qué importa, pues, que el amor tenga del cielo el color, si tiene el mal del infierno?

Dichas que se pierden son desdichas más grandes.

Una pena imaginada es más que acontecida.

Cuatro eses ha de tener el amor para ser perfecto: sabio, solo, solícito y secreto.

La vida es un hermoso sueño y lo quiero vivir despacio.

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Ya veo al cristal del Desengaño, que soy polvo, nada y viento.

Porque en un pasado amor se olvida hasta la memoria.

Y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo.

Pequeño mundo soy, y en esto fundo, que en ser señor de mí, lo soy del mundo.

Siempre que odio y amor compiten, es el amor el que vence.

Tanto miedo tengo, que aun para huir valor no tengo.

Para templar el daño, consejo muda el prudente.

La majestad y la grandeza no está en ser uno señor, sino en que por tal le tengan.

¿Y teniendo yo más alma, tengo menos libertad?

No le des nunca consejos al que te pida dinero.

Quien ama sin sentimiento, sonar hace el instrumento, pero no que suena bien.

Razón, razón, ¿hasta cuándo el amor te ha de vencer?

En los extremos del hado no hay hombre tan desdichado que no tenga un envidioso; ni hay hombre tan venturoso que no tenga un envidiado.

O calla o algo di que mejor que callar sea.

En la más noble lengua la propia alabanza es vil.

Hay delitos tales, que atentas las leyes se los dejaron sin pronunciarles sentencia, por no prevenir que habría quien los cometiese.

¿Qué importa errar lo menos quien ha acertado lo más?

El Cielo junta desiguales extremos.

Es un examen muy fuerte, una experiencia muy nueva y muy rigurosa prueba, poner al que está mortal en los labios el cristal, y decide que no beba.

En las venturas de amor, dice el que más calla.

Cuando son tan extraños los sucesos, la admiración disculpa los excesos.

Estas que fueron pompa y alegría, despertando al albor de la mañana, a la tarde serán lástima vana, durmiendo en brazos de la noche fría.

Nunca crece a ser grande el que sin desdichas crece.

¡Oh que aprisa piensa un vehemente deseo que no hay más que lo que piensa!

El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad.

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La fortuna no se vence con injusticia y venganza, porque antes se incita más.

Muerte de amor son los celos, que no perdonan a nadie, ni por humilde le dejan, ni le respetan por grave.

Del más hermoso clavel, pompa de un jardín ameno, el áspid saca veneno, la oficiosa abeja miel.

La intención hace el agravio.

Quien no sabe querer, sea mármol no mujer. A la que me quiere, quiero. A la que me olvida, olvido.

Engañando el día de hoy y esperando el de mañana.

La muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno.

En la vida un camino que al nacer empezamos y al vivir proseguimos y aún no tiene fin cuando morimos.

Quien daña el saber, homicida es de sí mismo.

La guerra es casarse: todo en uno, en este tiempo.

Si la neutralidad sigo, a andar solo me condeno, porque el neutral nunca es bueno para amigo ni enemigo.

Que el hacer paces también suelen ser triunfos de guerra.

No hay ausencia sin celos.

El que olvidar solicita, no olvida cuando se acuerda de que se acuerda que olvida.

Quien vive sin pensar, no puede decir que vive.

Aun en sueños no se pierde el hacer bien.

Respóndete retórico el silencio: cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla.

Quien tiene de qué quejarse, ¡qué mal hace si se queja! Porque el delito del llanto quita el mérito a la pena.

Es muy puntual el diablo.

De males a bienes dicen que se pasa fácilmente; pero de males a males, digo yo que es más frecuente.

Aunque suele la memoria morir a manos del tiempo, también suele revivir a vista de los objetos, mayormente cuando son para dolor sus acuerdos.

Es parentesco sin sangre una amistad verdadera.

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Cuántos, teniendo en el mundo algún defecto consigo, le han borrado por humildes.

Venciste, mujer, venciste con no dejarte vencer.

Juez que ha sido delincuente ¡qué fácilmente perdona!

El caer no ha de quitar la gloria del haber subido.

El delito mayor del hombre es haber nacido.

Artífice cada uno de su suerte, la flor lozana de su pasión convierte.

Vencer y perdonar, es vencer dos veces.

No diga que tiene amor, quien no tiene atrevimiento.

Mas, sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa. Si fuere verdad, por serlo; si no, por ganar amigos para cuando despertemos.

Odiad a vuestros enemigos, como si un día debierais amarlos.

Hacer bien es tesoro que se guarda cuando es menester.

Más que un ejército hiriendo vence un héroe perdonando.

Es muy propio hablar más el que más teme.

Que soy noble por cinco o seis mil reales; y esto es dinero y no es honra; que honra no la compra nadie.

Siempre el traidor es el vencido y el leal es el que vence.

No hay razón donde hay fuerza.

Que aprende mal una lección de amores, quien no teme el azote de unos celos.

Cosas hay que aunque se digan, no son para que se entiendan.

Quejoso de la fortuna yo en este mundo vivía, y cuando entre mí decía: “¿Habrá otra persona alguna de suerte más infortuna?”. Piadoso me has respondido, pues volviendo en mi sentido, hallo que las penas mías para hacerlas tú alegrías las hubieras recogido.

El silencio es retórica de amantes.

Con cada vez que te veo, nueva admiración me das, y cuando te miro más, aún más mirarte deseo.

No hablaré más que un pariente pobre en la casa de un rico.

Que tanto gusto había en quejarse, un filósofo decía, que, a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse.

Con mi hacienda, pero con mi fama no.

Tú no sabes lo que a una mujer obliga el mirarse despreciada de aquel que se vio querida.

Palaciegas discreciones, poco fruto y mucho ruido.

Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de unas hierbas que cogía. ¿Habrá otro (entre sí decía), más pobre y triste que yo? Y cuando el rostro volvió, halló la respuesta, viendo que iba otro sabio cogiendo las hojas que él arrojó.

Mujer a mi gusto quiero: sea su dote mi agrado: que al otro interés se vende no es marido, sino esclavo.

Tenemos un Cielo tan piadoso, que no envía el daño sin el remedio.

Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad, la firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida son caudal de pobres soldados.

Pues que la vida es tan corta, soñemos, alma, soñemos otra vez; pero ha de ser con atención y consejo de que hemos de despertar dese gusto al mejor tiempo; que llevándolo sabido, será el desengaño menos, que es hacer burla del daño adelantarle el consejo.

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