Frases célebres de Henry Miller

Verificado Redactado por Bernardo Peña. Este artículo ha sido revisado, actualizado y verificado por nuestro equipo de psicólogos por última vez el 30 abril 2021.

Henry Miller (1891-1980) fue un novelista estadounidense cuyas obras influyeron notablemente en la Generación Beat. Escribió con un tono crudo, sensual, denunciando la doble moral estadounidense y al «puritanismo hipócrita» de la sociedad de su época. Está claro, que leer las obras de Henry Miller, como Trópico de Cáncer, o El coloso de marusi, necesitan dejar de lado ciertos prejuicios.

La vida de Henry Miller no fue fácil, sobre todo cuando vivió en Francia, país al que emigró tras la Gran Depresión, y en el que tuvo que mendigar para sobrevivir. Tras su vuelta a EEUU, despuntaría como novelista, sobre todo a partir de los años 50. Pese a haber sufrido enormemente y haberse visto obligado a vivir en la calle, vivió casi 100 años.

Frases célebres de Henry Miller

Hay que darle un sentido a la vida por el hecho mismo de que la vida carece de sentido.

Somos nosotros mismos los que creamos nuestro destino cada día.

Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia.

Mis pies tocan las raíces de un cuerpo eterno, para el que no tengo nombre. Estoy en comunicación con la Tierra entera. Aquí estoy en el útero del tiempo, y nada me sacará de mi quietud.

Las flores delicadas son las primeras que perecen en una tormenta.

Todos los días matamos nuestras mejores pasiones.

Cada hombre tiene su propio destino: el único imperativo es seguirlo, aceptarlo, sin importar a dónde lo lleve.

Cada guerra es una destrucción del espíritu humano.

Todos debemos hacer las paces, para que todos podamos vivir en paz. Jean-Bertrand Aristide

Si debe haber paz, vendrá a través del ser, no del tener.

El auténtico líder no tiene que liderar, simplemente está satisfecho con señalar el camino.

Hay personas en este mundo cuya figura es tan grotesca, que hasta la muerte las vuelve ridículas. Y cuanto más horrible es su muerte, más ridículas parecen. Es inútil atribuir un poco de dignidad a su fin: hay que ser un mentiroso o un hipócrita para descubrir algo de trágico en su partida.

Si nos volvemos hacia una realidad más grande, es una mujer quien nos tendrá que enseñar el camino. La hegemonía del macho ha llegado a su fin. Ha perdido contacto con la tierra.

Hay personas que no pueden resistir el deseo de meterse en una jaula con fieras y dejarse despedazar. Se meten en ella hasta sin revólver ni látigo. El temor las vuelve temerarias.

Dondequiera que voy las personas están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia privada. La lleva ya en la sangre: infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La atmósfera está saturada de desastre, frustración, futilidad. Rascarse y rascarse… hasta que no quede piel. No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre, que todo el mundo se rasque hasta morir.

Lo más difícil en la vida es aprender a hacer lo que es estrictamente ventajosa para el bienestar de uno mismo, estrictamente vital.

Ningún hombre pondría palabra por escrito si tuviera el valor de vivir lo que cree.

Quien por un amor muy grande (lo que finalmente es una locura) muere, renace para ya no conocer ni amor ni odio, sólo para gozar.

El objetivo de la vida es vivir, y vivir significa ser conscientes, gozosamente, borrachamente, serenamente, divinamente conscientes.

Por cada nueva altura que alcanzamos, nuevos y más desconcertantes peligros nos amenazan.

En el momento en que uno presta mucha atención a cualquier cosa, incluso a una brizna de hierba, se convierte en un impresionante e indescriptiblemente magnífico mundo misterioso, en sí mismo.

Uno debe ir siempre hacia el lugar donde no está señalado.

Cuando nuestras propias vidas están amenazadas, empezamos a vivir.

No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.

El arte no enseña nada más que el significado de la vida.

¿Qué quieren de mí? Cuando tengo algo que decir, lo digo. Cuando tengo algo que dar, lo doy.

La enfermedad estaba completamente derrotada. Si uno tuviera la sagacidad de arraigar en ese momento, no volvería nunca a estar enfermo ni a ser desgraciado ni a morir siquiera. Pero llegar a esa conclusión es dar un salto que le llevaría a uno a una época anterior a la antigua edad de la piedra. En ese momento no estaba soñando siquiera con arraigar; estaba experimentando por primera vez en mi vida el significado de lo milagroso.

Ningún hombre es bastante o suficientemente sabio como para que cualquiera de nosotros le entregue nuestro destino. La única manera a través de la cual alguien podría liderarnos es restaurando en nosotros la creencia en nuestro propio criterio.

Si tú llamas experiencias a tus dificultades y recuerdas que cada experiencia te ayuda a madurar, vas a crecer vigoroso y feliz, no importa cuán adversas parezcan las circunstancias.

Licenciado en Psicología por la Universidad de Jaén (2010). Máster en Análisis Funcional en Contextos Clínicos y de la Salud por la UAL (2011) y Máster en Psicología Jurídica y Forense por el COPAO, Granada (2012). Doctorando en Ciencias Humanas y Sociales por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha publicado 8 artículos científicos y es autor de los siguientes libros: «Psicopatología General», «Neurociencias: etiología del daño cerebral» y «Evaluación Psicológica». Además, es coautor del libro «Modelo ROA: Integración de la Teoría de Relaciones Objetales y la Teoría del Apego».

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