Tradicionalmente, la psicología cognitiva ha dado al estudio de la memoria (y de los otros procesos psicológicos básicos) en personas adultas y sanas.

Esto no significa que no sean posibles otros enfoques que nos permitan dar respuesta a un tipo diferente de interrogantes. Por ejemplo, cabe preguntarse si son iguales los procesos de razonamiento en una persona que presenta un trastorno esquizofrénico y en una persona sana, cómo y cuándo empiezan los niños a usar el lenguaje o qué pasa con nuestra memoria cuando envejecemos.

Precisamente, en este último aspecto nos detendremos ahora y analizaremos las relaciones entre memoria y vejez tratando de describir cómo cambia nuestra capacidad para almacenar, retener y recuperar la información cuando llegamos a las últimas décadas de nuestra vida.

¿Vejez y declive?

La vejez ha sido considerada clásicamente como la etapa en que las facultades que se habrían desarrollado y estabilizado a lo largo de la juventud y de la edad adulta experimentarían una regresión o un declive.

Durante mucho tiempo se ha considerado como un hecho la existencia de un deterioro de las funciones cognitivas ligado a la edad y prácticamente irreversible.

En los últimos años, sin embargo, diferentes autores han insistido en que a lo largo de todo el proceso de maduración, y no solamente durante la vejez, nos encontramos con la constante que ciertas funciones maduran mientras otros declinan.

Según este punto de vista, no habría ninguna etapa de la vida en la que sólo se diera crecimiento o sólo deterioro.

Las conclusiones que se elaboraron a partir de los datos obtenidos en diferentes investigaciones sobre la memoria y el paso del tiempo, se pueden resumir de la siguiente manera:

1. En primer lugar, parece que los procesos de cambio no afectan diferentes funciones cognitivas de la misma manera.

La inteligencia no variaría de una manera uniforme, sino que seguiría patrones diferentes dependiendo de qué habilidad particular se trate.

En términos generales, se confirma la conocida diferencia entre una inteligencia fluida y una inteligencia cristalizada: la primera, relacionada con los procesos cognitivos básicos e independiente de la cultura, solo declinó en los últimos años del ciclo vital; la segunda corresponde al conocimiento adquirido, se puede entender como la experiencia acumulada y se mantiene estable en los ancianos.

2. En segundo lugar, los procesos de cambio serían diferentes en cada persona, es decir, lo que se observa es un incremento importante de las diferencias individuales en el funcionamiento cognitivo durante el envejecimiento.

Estas diferencias individuales se manifestarían dando lugar a un abanico muy heterogéneo de situaciones personales, que podrían ir desde aquellos ancianos que muestran un deterioro temprano y significativo de sus funciones cognitivas, hasta aquellos otros que mantienen un buen funcionamiento cognitivo hasta edades muy avanzadas.

Esta es una de las constataciones de la investigación en geriatría: los hallazgos en las esferas fisiológica y psicológica muestran una variabilidad que aumenta en paralelo con la edad de los sujetos observados (a más edad, más variabilidad entre sujetos); esto hace enormemente difícil definir un “anciano típico”.

3. En tercer lugar, parece que no debemos asumir desde el principio que los cambios cognitivos son irreversibles y que aparecen inevitablemente ligados al envejecimiento.

Parece que hay una relación clara entre el mantenimiento de niveles elevados de función intelectual, de una lado, y aquellos estilos de vida que implican ciertos niveles de estimulación y, sobre todo, la continuación de formas de educación formal e informal, de la otra.

Se trata de relaciones más que causales, recíprocas: las personas que mantienen sus capacidades cognitivas tenderán más a desarrollar actividades de tipo educacional que las que no las mantienen y, recíprocamente, este tipo de experiencias educacionales puede contribuir a mantener un nivel relativamente estable de funcionamiento intelectual.

Por otra parte, en los últimos años hay un interés creciente por el estudio de la plasticidad y de cómo por medio de métodos de entrenamiento cognitivo se pueden mantener o, incluso, mejorar las capacidades cognitivas; así, se han hecho varios estudios para analizar hasta qué punto el funcionamiento intelectual de los ancianos se puede mejorar y se han elaborado programas de intervención con este objetivo.

Memoria y envejecimiento normal

Hasta ahora, nos hemos referido a cambios cognitivos generales asociados al proceso de envejecimiento. Entre estos cambios, sin embargo, los que frecuentemente generan un mayor número de quejas y problemas cotidianos entre los ancianos son los relacionados con la pérdida de su memoria.

Esto ha hecho que en los últimos años se haya desarrollado un creciente número de investigaciones y publicaciones que tratan, desde diferentes perspectivas, la relación entre el envejecimiento y el funcionamiento de los procesos de memoria.

En estas investigaciones, el normal y el patológico se suelen entender como dos extremos de un continuo en el que es difícil establecer una línea divisoria. Podríamos decir que decantados hacia uno de los extremos de este continuo se encontrarían los trastornos relacionados con la demencia y, en particular, con la enfermedad de Alzheimer, mientras que en el lado opuesto se encontrarían los cambios normales ligados al proceso de envejecimiento. Estos últimos serían cambios no patológicos que experimentarían los ancianos y que formarían parte del conjunto de cambios normales que pueden aparecer en esta etapa de la vida.

Al final de los años cincuenta, Kral, un médico canadiense, describió lo que denominó beningn senescent forgetfulness (olvido senil benigno) al observar los cambios de memoria que experimentaban los ancianos de una residencia de Montreal.

Kral caracterizó este síndrome como la dificultad para recordar nombres o fechas referidas al pasado y que anteriormente se recuperaban sin dificultad. Consideró que se trataba de un trastorno no progresivo y que se distinguía claramente del olvido “maligno” (la demencia) por su escasa tasa de mortalidad después de un seguimiento de seis años de los ancianos que lo presentaban.

Desde entonces, un elevado número de investigaciones llevadas a cabo en las décadas siguientes han ido confirmando que, efectivamente, puede aparecer un declive de la memoria en ancianos sanos durante las últimas décadas de su vida.

Ahora bien, del mismo modo que no todas las funciones cognitivas evolucionan de la misma manera durante la vejez, tampoco todos los sistemas de memoria experimentan los mismos cambios.

Diversas investigaciones realizadas tanto en el laboratorio como en contextos cotidianos han tratado analizar cómo evolucionan los diferentes sistemas y subsistemas de memoria durante las últimas décadas de la vida.

Los cambios en las funciones cognitivas no siguen un patrón uniforme: ni se dan de la misma manera en todos los sujetos, ni en un mismo sujeto en todas las funciones.

Conclusiones

Los cambios cognitivos que se producen durante la vejez no se deben considerar, desde el principio, irreversibles.

La memoria puede manifestar una serie de cambios durante la vejez que formarían parte del proceso normal de envejecimiento.

Además, se ha demostrado que los ancianos sólo muestran dificultades en la retención cuando se trata de estímulos visuales.

Los problemas más importantes aparecen cuando deben retener la información al mismo tiempo que la manipulan.

Envejecimiento y cambio cognitivo, ¿el declive de la memoria?
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