Se conoce con el nombre de experimento Rosenhan a la investigación que llevó a cabo David Rosenhan entre 1968 y 1972, donde pretendía demostrar que el análisis psiquiátrico llevado a cabo entonces en las instituciones mentales de EE.UU. tenía fallos importantes que empeoraban la salud mental de los pacientes.

¿Qué fue el experimento Rosenhan?

El experimento Rosenhan se diseñó para comprobar la ineficiencia de la práctica del análisis psiquiátrico en EE.UU. a finales de los años 70. Para el psicólogo David L. Rosenhan, las instituciones no eran capaces de distinguir a los “cuerdos” de los “locos”, y se propuso demostrarlo.


Además, mantenía la tesis de que muchos de los pacientes internos en instituciones psiquiátricas mejorarían significativamente en su vida y en su condición si eran sacados de un entorno hostil y aséptico -como el de las instituciones- y recibían una terapia adecuada.

De hecho, en el estudio afirmaba que los profesionales de estas instituciones no estaban preparados para atender con la debida humanidad y empatía a los enfermos, lo que resultaba antiterapéutico.

Para probar sus ideas, Rosenhan se sirvió de un puñado de voluntarios de ambos sexos y ocupaciones profesionales variadas a los que instruyó para que se hicieran pasar por pacientes con alucinaciones acústicas y lograran ser internados en distintos hospitales psiquiátricos.

Todos ellos lo consiguieron, sin excepción, aunque vivieron experiencias distintas. A pesar de ser pseudopacientes, fueron diagnosticados con enfermedades psiquiátricas, y pasaron como internos periodos variables.

De hecho, incluso a pesar de que los voluntarios referían los mismos síntomas, los diagnósticos entre ellos no fueron los mismos, y sus internamientos en las instituciones tuvieron duraciones distintas.

Todos volvieron a la calle tras aceptar el diagnóstico del psiquiatra y prometer que tomarían su medicación que, obviamente, no tomaban. Los profesionales a cargo de los pseudopacientes ni siquiera fueron capaces de darse cuenta de este hecho.

¿Qué nos enseñó este experimento?

Aunque no todos sufrieron el mismo tipo de trato, para Rosenhan sus experiencias representaron indicios suficientemente claros de que era necesario humanizar la terapia de los enfermos psiquiátricos.

La privacidad, la autonomía y el respeto a las personas realmente enfermas eran una anécdota en el día a día de un hospital psiquiátrico. La atención se reducía a unos minutos al día y, aun así, algunos pseudopacientes sufrieron abusos verbales por parte de algunos miembros del personal.

Las intuiciones de Rosenhan cuando llevó a cabo el experimento y las notas que tomaron los pseudopacientes durante su experiencia pusieron de manifiesto la necesidad de denunciar la segregación y la mortificación a la que estaban sometidos los verdaderos pacientes.

Despersonalizados e impotentes, los pacientes eran etiquetados y referidos en función de sus diagnósticos, pasando por una experiencia profundamente dolorosa que generaba sentimientos de abandono.

Esto, entendía Rosenhan, era evidentemente todo lo contrario a lo que se pretendía con la asistencia, ya fuera pública o privada, en salud mental.

Es importante destacar que Rosenhan no pretendía sustituir la voz de los pacientes que eran enfermos reales, sino poner de manifiesto que, incluso cuando tenían buenas intenciones, los profesionales de las instituciones psiquiátricas no trataban a los pacientes de una forma coherente con la idea de que podían mejorar.

Además, su crítica daba un paso más allá: incluso aunque los pseudopacientes hubieran mentido con sus alucinaciones, ¿por qué habían continuado como pacientes ingresados tanto tiempo después de haber afirmado que ya no las tenían?

La reacción de los psiquiatras

Con la publicación del estudio definitivo en 1973, algunos gestores de hospitales psiquiátricos estadounidenses se sintieron estafados e insultados, y otros directamente no tomaron en serio el experimento de Rosenhan.

Para poder demostrar que la idea de que “no somos capaces de distinguir a los cuerdos de los locos” seguía siendo una idea válida, Rosenhan retó a una de las instituciones, informando a su personal de que en el corto plazo varios pseudopacientes intentarían ser admitidos en la institución.

Durante los meses siguientes, el personal del hospital psiquiátrico llevó a cabo numerosas evaluaciones psiquiátricas, y además se permitió que cada persona de la plantilla pudiese, a título individual, señalar a algún pseudopaciente.

Los resultados fueron evidentes: de 193 admitidos a la institución, 41 pacientes fueron señalados como “falsos” por al menos un miembro del equipo del hospital, 23 fueron etiquetados como pacientes dudosos por al menos un psiquiatra y 19 lo fueron por un psiquiatra y además otro miembro del equipo.

¿La realidad? Rosenhan no había enviado a ningún paciente falso. Los profesionales de la plantilla estaban simplemente confirmando sus propios sesgos.

El experimento de Rosenhan sirvió para poner el dedo en la llaga sobre dos cuestiones cruciales: el tratamiento general de los pacientes en hospitales psiquiátricos y la extensión de los diagnósticos cuando no existen razones poderosas para hacerlo.

De hecho, se considera que la publicación del estudio Rosenhan supone un antes y un después en la reforma del diagnóstico psiquiátrico y el tratamiento de pacientes en instituciones de este tipo.



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