Procurar el bienestar de nuestros padres cuando están ancianos o discapacitados es ley de vida humana. Ellos nos han dado la existencia y por simple gratitud -para dar por descontado el amor y afecto- es competencia de los hijos procurar el bienestar en su vejez. Dicho lo anterior, la reflexión que pretendo manifestar en el presente escrito es sobre aquellos hijos que desde muy pequeños son serviles a sus padres, y de adultos, se constituyen en su “bordón”.  Un hijo “bordón o bastón” es una persona que deja de vivir su propia vida, se fusiona en la de su padre y/o madre. Ellos son incapaces de tomar distancia de sus padres, creen que, si no están presentes, sus progenitores se pueden morir. De ellos escuchamos frases como: “no hay quien más lo haga”, “no les gusta sino mi comida”, “si le dejo se morirá de hambre o de un infarto”, “él o ella me necesita”, “solo le gusta la manera como yo le hago sus cosas”, “pobrecito está muy solo o sola”, “tengo que cuidarlo”, “nadie más se preocupa de ellos”, “soy la única persona que se ocupa y lo(s) quiere”.  De forma inconsciente, estos hijos se hacen indispensables para sus padres; desarrollando el papel de víctimas, del cual ya hemos hablado en otros artículos.

Este tipo de hijos es programado desde su infancia para ser el “bordón” de sus ascendientes

Incluso me atrevería a decir, desde antes de su concepción. Los padres reflejan su intencionalidad inconsciente en dicho hijo; la cual está revestida quizás, de miedo al sufrimiento, a la soledad, a su incapacidad, en fin, a diversas causas y tema seguramente de otro escrito. En este, queremos enfatizar en los efectos emocionales para este hijo.

La actitud de los “hijos bordón” se manifiesta en la forma exagerada como cuidan a sus padres. Su profesión o vocación es un reflejo de lo mismo, ellos estudian y trabajan en áreas que guardan relación con su comportamiento, por ejemplo: se hacen Médicos, Enfermeros, Gerontólogos, Auxiliares clínicos, Psicólogos, Fisioterapeutas, etc.

En una oportunidad conocí a una mujer de unos treinta y cinco (35) años, ella era enfermera, su madre tenía cerca de 80 años. La mujer salía de sus turnos de trabajo a cuidar a su madre, prácticamente no descansaba. No tenía vida social, mucho menos hijos o esposo, su vida era su madre. Lo peor de todo era que ella creía que su madre ya se iba a morir y necesitaba estar a su lado. Diez años después volví a saber de ella; su madre continuaba viva y ella seguía cuidándola con idéntica actitud.

El “hijo bordón” siente la obligación, la palabra “tengo” es su dictadura y el sometimiento su bandera. Siendo esto una simbiosis que lo ata y ejerce una fuerza que le impide decidir, hacer e incluso, pensar por sí mismo. Ellos se perciben como una extensión de sus padres, un apéndice. Por lo general son solteros, sin hijos, algunos desarrollan actitudes infantiles e incapacidad para sobrevivir por su propio pie, o, también pueden ser lo opuesto, “el hijo proveedor”. Si se casan, podemos observar una generalidad, y es que terminan regresando a casa de sus padres. Tal es el caso de una mujer que abandona a su pareja y se regresa con sus hijos para la casa de sus progenitores -usualmente consiguen esposos alcohólicos, irresponsables, maltratadores o que justifiquen dicho abandono-; el marido no se explica el motivo de su partida, en el supuesto de no dar motivos, aunque tampoco ella misma. Una fuerza impetuosa la impulsa a retornar. De forma análoga sucede con el hijo varón.

En ocasiones se presenta que el hijo que es cuidador muere primero que el padre enfermo. Este no es consciente de que se debilita; su papel es cuidar, no se puede permitir la idea de que le cuiden. El cuidador se agota física, psíquica y emocionalmente, empieza de pronto a sufrir de insomnio, de cambios de humor repentinos, puede llegar al consumo abusivo de alcohol, tabaco, comida, etc., las energías se van consumiendo y casi sin percibirlo su vida se apaga antes que la de su padre o madre.

Lo primero que requieren hacer consciente este tipo de hijos es que el impulso que los obliga, viene desde el mismísimo vientre. Luego, saber que es un efecto que se produce con su complicidad inconsciente. Requieren darse cuenta del “beneficio” que el mencionado comportamiento les ha proporcionado, tal vez, el dejar de asumir la responsabilidad de su vida, la comodidad, el miedo a enfrentar el mundo, su desvalorización, etc. Sin duda esto último, es la llave que abre el candado que ata sus cadenas y la liberación para dejar de ser “bordón”. Lo siguiente es reconocer que la culpa es la emoción que los lleva a ostentar un papel de víctima. Además, saber que la comprensión es su salvación; sin juzgar, sin justificar, en plena apertura, toda experiencia ahora se convierte en aprendizaje. Necesitan tiempo para reconstruirse y la continuidad en un estado de receptividad les proporcionará la transformación y les devolverá una vida propia.

En conclusión, nuestros padres merecen que velemos por su bienestar cuando estén discapacitados y mayores, así sea por mero agradecimiento; no obstante, si existe un “hijo bordón” este requiere una existencia propia, una razón para vivir. Y para conseguirlo, requiere soltar emocionalmente “su obligación” para que pueda tomar decisiones justas, tanto para sus padres, como para sí mismo.

 

Efectos emocionales de ser un “hijo bordón”
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Luz Quiceno Romero
Ing. Técnica en Topografía. Trabajo en su área profesional durante 10 años, en los cuales a su vez, ejerció como catedrática universitaria. Escritora y Diplomada en Bioneuroemoción, un método que perfecciona su habilidad para conectarse y acompañar a las personas en la toma de consciencia y cambio de percepción de sus conflictos. Luz Quiceno se ha especializado por su experiencia personal y profesional en temas de la mujer.

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