Ser madre separada

La rotura de una pareja con hijos es siempre un momento doloroso y difícil para todos los miembros de la familia. Superado el primer trasiego, grandes y pequeños tendrán que adaptarse a la nueva situación y redefinir su papel dentro de la familia.

Tradicionalmente la mujer ha sido siempre la encargada de cuidar a los hijos. En las últimas décadas las mujeres han ido incorporando paulatinamente al mundo del trabajo, pero, con muy pocas excepciones, no han dejado de lado su rol de madre.

Aunque la mayoría de las mujeres aprecian que su compañero tome parte en el cuidado de los hijos, también es verdad que en general lo consideran una parcela propia (no exclusiva), de la que se sienten muy orgullosas. Los hijos forman parte de la estructura psicológica de la madre desde antes de nacer y los tienen en mente, casi de forma continuada, durante muchos años. La mayoría de madres saben en cada momento del día donde se encuentran cada uno de sus hijos. Conocen su horario de clases, las actividades extraescolares en las que participan, quienes son sus amigos y donde viven. Evidentemente que se les escapan algunas cosas, pero mantienen un relativo control sobre lo que hacen sus hijos, que no sólo sirve para su cuidado y protegerlos, sino que alivia la angustia que se puede sentir por no tenerlo a la vista.

Después de un divorcio, se pierde parcialmente este control que da tanta seguridad a la madre. Cuando los hijos vuelven a casa de la madre después de unos días con el padre, puede que no tienen ganas de explicar lo que han hecho. Algún día pueden volver tristes o angustiados, y si no tienen ganas de hablar, la madre no sabrá nunca qué puede haber pasado. La sensación de haber perdido el control sobre el bienestar de los hijos puede ser una experiencia terrible para una madre. Si además tenemos en cuenta que este control es uno de los fundamentos de la idea de maternidad que tienen muchas mujeres, no es extraño que se experimenten sentimientos de culpa y baja autoestima. A menudo se tiene la impresión de que no se hacen las cosas bien. Pero ante un reto tan duro y difícil como es educar a un hijo sola, nadie puede se sorprender que de vez en cuando se pierdan los papeles o se caiga en el desánimo. Ver como los hijos crecen y salen adelante a pesar de todo, es lo que dará nuevas fuerzas a la madre para perseverar.

Muchas madres deberán encontrar la capacidad de perdonarse los errores. Una madre tiene una capacidad fuera de medida para culparse por todo. Se culpa si sus hijos si no sacan buenas notas o si tienen momentos tristes, se culpa por el divorcio si lo provocó ella y también si no lo provocó, se culpa por si ha encontrado una nueva pareja o si no la ha hecho… Y algunos sentimientos de culpa pueden durar años. Es verdad que los efectos del divorcio sobre los hijos son a largo plazo, pero eso no quiere decir que sean la causa de todos sus problemas. Se trata de una carga injusta. Debe tratar de ser más amable con una misma, sentirse orgullosa de todo lo que se ha alcanzado. Todos tenemos sueños y aspiraciones y no todos se pueden hacer realidad, pero si miramos atrás y sumamos todas las pequeñas cosas que se han hecho bien por amor a los hijos, descubrimos que realmente ha valido la pena.

Ser padre separado

Afrontar la paternidad después de un divorcio tampoco es nada sencillo, sobre todo si tenemos en cuenta que es el padre quien generalmente queda fuera del núcleo familiar. El divorcio implica una redefinición total de uno mismo como padre y de los retos que hay que asumir para conservar o reconstruir la relación con los hijos. En una familia unida, no hay ninguna duda de cuál es el papel del padre, aunque pase mucho tiempo fuera de casa. Pero cuando sólo se es padre “cuando toca”, éste puede sentir que su posición hacia los hijos, que parecía inamovible, de golpe empieza a tambalearse.

Después de un divorcio, algunos padres renuncian a la paternidad (sobre todo aquellos que se sintieron abandonados por los propios padres). Otros, se convierten en padres muy comprometidos con sus hijos.

Esto no es fácil. El papel de padre fuera de la familia implica pérdidas que hay que afrontar y aceptar. Por buena que sea la relación con la madre, desde el mismo momento del divorcio se debe asumir que hay una gran parte de la vida de los hijos que el padre se perderá. Muchos padres intentan tener una relación estrecha con sus hijos y lo único que consiguen es una sensación de pérdida, y miedo de que sus hijos los marginen. La seguridad que da ser “el hombre de la casa” no se puede recrear siendo un buen padre en un hogar de custodia compartida o cuando los hijos están de visita. Hay que ser consciente. Pero también hay que tener en cuenta que los niños los necesitan a ambos, padre y madre. Aunque su día a día el vivan con la madre, necesitan sentir que tienen un padre comprometido en la relación parental. La relación con los hijos no depende del tiempo que el padre pase según las cláusulas del divorcio, sino que se mide por la intensidad que los hijos perciban, por el compromiso y por lo que el padre pueda aportar a la relación.

A menudo los padres separados pueden sentirse excluidos al ver que la relación de la madre con los hijos, ya de por sí muy estrecha, se intensifica aún más después del divorcio. Si, además, la ex mujer comienza una relación con otro hombre y lo incluye dentro del núcleo familiar, la sensación de exclusión incrementa mucho más. Se puede tener la necesidad de culpar a la madre por esa sensación de alejamiento de los hijos, y esto puede tener como consecuencia un empeoramiento de la relación entre los dos miembros de la ex pareja y la tentación por parte del padre de renunciar a la paternidad, lo que no beneficia a ninguna de las partes. Los hijos necesitan el padre y eso no cambiará nunca. Tampoco cambia si los hijos tienen un padrastro fantástico. Los niños nunca confunden un padrastro con un padre, tienen un lugar específico en su corazón para cada uno y sus expectativas son muy diferentes.

La edad y el sexo de los hijos también es un factor importante a tener en cuenta. Las chicas, sobre todo en la preadolescencia, necesitan estar con la madre y poner cierta distancia con el padre. Esto es normal, y se debe aceptar y respetar sin intentar forzar la situación o vivir como un rechazo. A los 17-18 años, si se ha sabido llevar bien, seguramente la hija estará dispuesta a retomar una relación más estrecha. En todo momento hay que tener en cuenta que la relación padre-hija forjará la imagen de los hombres que tendrá la chica. Del padre depende de que esta imagen sea positiva, respetuosa y comprometida.

Para los chicos de cualquier edad, el padre es el ejemplo a imitar, el modelo de lo que significa ser hombre. Mucho más que cualquier otra figura masculina, incluyendo el padrastro con el que conviven. Este es un buen motivo para no abandonar la función parental. Tanto su felicidad presente, como la futura, dependen del compromiso del padre en su educación.

Los niños pequeños necesitan el apoyo de la madre y la ayuda del padre. A medida que se acercan a la adolescencia el tiempo que pasan con sus padres se va acortando, y eso hay que saber asumir. Pero el rol de padre no se acaba cuando los hijos llegan a la edad adulta. Si la relación se ha llevado siempre de forma comprometida y cariñosa, fomentando la confianza, los hijos se acercarán de nuevo a los padres cuando tengan sus propios hijos, buscando ayuda y consejo.

Después del divorcio: madre separada, padre separado
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