Nos encontramos ante un dilema, no sabemos si estudiar la carrera de medicina o de historia del arte. Por un lado, pensamos que medicina tiene más salida. Son más años, requiere más esfuerzo, pero la posibilidad de trabajo es alta. Por otro lado, historia del arte nos apasiona, pero el mercado laboral no es tan amplio. Comenzamos a imaginar cómo sería nuestra vida estudiando una carrera. Luego la imaginamos mientras estudiamos la otra. Nos visualizamos en el plazo de cinco y diez años. Finalmente nos matriculamos en medicina. Nuestra capacidad de simbolización nos ha permitido construir diferentes escenas y posibilidades de nuestro futuro y hemos elegido la que hemos considero mejor. ¡Profundicemos!

Capacidad de simbolización

El ser humano es capaz de estructurar toda una historia en su cabeza y tomar una decisión en base a ella. Cuando nos enfrentamos a una situación que requiere algún tipo de decisión, no es necesario que experimentemos los resultados directamente. Lo que ocurre es que cogemos toda la información disponible, la juntamos, «jugamos» con ella y observamos todos los posibles resultados (aunque quizá se nos escape alguno).


Como describen Bermúdez, Pérez y Sanjuán (2003): «el individuo puede recrear el escenario de conducta, ensayar posibles estrategias de solución de problemas, tomar en consideración posibles consecuencias asociadas a conductas alternativas, recorrer toda la secuencia de contingencias necesarias para el logro de los planes y proyectos que desearía alcanzar en su vida».

A través de esta capacidad de simbolización, dirigimos en gran medida nuestra conducta. A nivel general, solemos imaginar qué ocurrirá si llevamos a cabo una acción u otra, por lo que esta capacidad nos permite decidir qué hacer. Por ejemplo, cuando volvemos a casa del trabajo nos encontramos con un gran atasco. Sabemos que hay varios accesos más a nuestro barrio, pero no sabemos si estarán las calles también colapsadas. ¿Qué ocurre en ese momento? Comenzamos a imaginar cada una de las posibles situaciones y tomamos una decisión en base a ello.

Aprendizaje

A través de la capacidad de simbolización, podemos aprender sin tener que experimentar una situación de forma directa. Como afirman Bermúdez, Pérez y Sanjuán (2003), «la mayor parte del aprendizaje en los seres humanos se produce por la observación de la asociación de conductas-consecuencias en otras personas». Si observamos una consecuencia negativa en alguien que lleva a cabo una determinada conducta, es posible que nosotros evitemos en el futuro la misma conducta. La simbolización nos permite barajar las posibles consecuencias de nuestros actos.

Así pues, si vemos a alguien intoxicarse al comer un determinado tipo de seta, no hará falta que nosotros experimentemos lo mismo, nos bastará con saber que las consecuencias de ese alimento son negativas. Habremos aprendido que ese tipo de seta es venenosa sin necesidad de intoxicarnos.

Romero, Forero y Cedano (2012), afirman que «la condición del pensamiento simbólico consiste, en cualquiera de los casos, en establecer ligas y mediaciones de comprensión de la realidad – aquello que de alguna manera figura como objeto en sí mismo de aprehensión y cognición – y la conciencia, vinculación que se enmarca en las operaciones de pensamiento». A través de la comprensión de la realidad, gozamos de esta capacidad de aprendizaje tan adaptativa.

Experiencia y capacidad de simbolización

Cada uno de nosotros poseemos un historial de aprendizaje diferente, esto es, nuestra experiencia nos condiciona a la hora de interpretar lo que ocurre a nuestro al rededor. Esta experiencia da forma al modo en que podemos llegar a componer una escena para interpretar diferentes resultados. Estas diferencias son fundamentales para que cada uno de nosotros obtengamos nuestras propias conclusiones. Por ejemplo, cuando estamos junto a dos o tres personas y tenemos que resolver un problema, ¿cuántas veces hemos estado en desacuerdo con respecto a las decisiones a tomar?

Tres amigos se pierden en el bosque. Uno de ellos opta por permanecer en el mismo lugar hasta que los encuentren. Otro aboga que deberían seguir caminando hasta llegar a algún lugar seguro. El último defiende que lo mejor es intentar volver por donde han venido. Cada uno de ellos, a través de todo lo que han aprendido a lo largo de su vida, componen diferentes escenas de la situación y llega a sus propias conclusiones. Sin embargo, elegir la mejor opción entre todas las que barajamos no significa que sea la opción correcta, sino la que nosotros creemos que es la más adecuada. La puesta en marcha de la decisión nos mostrará si era la más acertada.

Como describen Bermúdez, Pérez y Sanjuán (2003), «las personas difieren en la forma de codificar y agrupar la estimulación que reciben; esto es, las personas pueden diferir en las transformaciones cognitivas (atención selectiva, interpretación y categorización) que introducen en la estimulación, cuyo impacto sobre el individuo queda de esta manera modulado por tales estrategias cognitivas». A través de la explicación de estos autores, observamos que la diferencia entre cada uno de nosotros nos lleva a tomar distintas decisiones.

Bibliografía

Bermúdez, J., Pérez, A., y Sanjuán, P. (2005). Psicología de la personalidad: teoría e investigación. Volumen I. Madrid: UNED.

Romero, M., Forero, A. y Cedano, A. (2012). Habilidades de pensamiento simbólico: urdimbres de significado, sociedad y tic. Revista Historia de la Educación Latinoamericana, 14 (19), 11-136.

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