cerebro puzzle

Cambiar de actitud, de pensamiento o creencias no siempre es fácil. ¿Quién no ha intentado mostrar un argumento político válido a un amigo pero éste se ha negado a creerlo? ¿Cuántas personas conocemos a las que sabemos que es casi imposible hacer que cambien de opinión? Es más, cuantos más argumentos lógicos y empíricos ofrecemos, más tienden a negarlo y a afirmarse en sus convicciones. Pero, ¿por qué ocurre esto?
La ciencia ha ido un paso más allá y ha investigado qué área cerebral parece estar implicada en esta inflexibilidad. Aún así, el hecho de no cambiar de opinión ante un argumento coherente pero contrario al nuestro, puede estar más relacionado con un aspecto de identidad y de disonancia cognitiva. A través de este estudio se pone de manifiesto que el cerebro es moldeable a través de la experiencia.

Cuando el cerebro se niega a cambiar

Andreas Kappes (2019), en un artículo recientemente publicado en la revista Nature Neuroscience, asegura que sus averiguaciones apuntan a que ni los argumentos más elaborados tienen capacidad para convencer a las personas más polarizadas, ya que el simple desacuerdo es suficiente para rechazarlo. Es decir, cuando alguien se encuentra en una posición ideológica completamente opuesta a la nuestra, esto bastará para rechazar un argumento por muy lógico que sea. Descubrieron, en palabras de Andreas que «cuando las personas no están de acuerdo, sus cerebros no logran registrar la fuerza de la opinión de la otra persona, lo que les da menos razones para cambiar de opinión».
Los autores de la investigación afirman que solemos buscar e interpretar datos de tal forma que confirme y fortalezca nuestras opiniones. Así pues, cuanto más alejadas estén las evidencias de nuestras propias creencias, más costará que las aceptemos y, al parecer, ya se ha detectado el área cerebral que está implicada en esta inflexibilidad mental.

A nivel cerebral

A través de la resonancia magnética, los autores de la investigación averiguaron que la corteza prefrontal medial posterior entraba en juego en relación a los cambios de pensamiento. Este área cerebral se activaba cuando los sujetos evaluaban la confianza o la calidad de las evidencias que se les presentaba para, posteriormente, cambiar las creencias de acuerdo a la calidad de las pruebas. Por ejemplo, si escuchamos a un médico de confianza afirmar que necesitamos comenzar un tratamiento, nuestra corteza prefrontal medial posterior se pone en marcha en busca de la confianza que nos transfiere el médico y nos lleva a modular nuestra opinión.

La corteza prefrontal es la que caracteriza al ser humano. Gracias a ella podemos tomar decisiones, controlar nuestros impulsos emocionales, ser seres racionales, etc. Sin embargo, cabe recordar que a pesar de que ciertas áreas cerebrales puedan activarse con unos comportamientos u otros, a través de nuestra conducta podemos cambiar las conexiones neuronales. El cerebro es moldeable, y como tal, tenemos una gran influencia sobre su mecanismo y desarrollo. Del mismo modo que entrenamos el cuerpo, también podemos entrenar el cerebro.

Miedo al cambio

Como afirman los protagonistas de la investigación, así como la psicología social, solemos buscar indicios que fortalezcan lo que pensamos. Cuando debatimos sobre un tema con el que nos sentimos más o menos identificados, si nuestro contertulio se encuentra en una posición ideológica alejada a la nuestra, lo más seguro es que rechacemos sus argumentos de forma directa y casi sin profundizar en lo que dice. Cambiar de opinión no es fácil, y aceptar argumentos en contra de nuestras creencias tampoco, ya que, de alguna forma, implicaría aceptar que nuestros argumentos pueden ser erróneos.

Desde la psicología social se habla de compromiso con nuestra propia conducta. Cuánto más comprometidos estemos con nuestras creencias a través de nuestra conducta, más difícil será el cambio. Como afirman Moya y Expósito (2005), catedráticos de psicología social de la Universidad de Granada: «si me he comprometido con alguna acción o pensamiento, lo más probable es que se genere en mí una fuerza psicológica que me lleve a ser congruente con ese compromiso».

Sin embargo, debajo de esta inflexibilidad mental, se esconde el miedo. Un miedo que nos hace rechazar lo diferente. Si profundizamos en aquello que puede cambiar nuestro sistema de creencias, la consecuencia que se deriva de ella es un cambio. Este cambio implicaría una evolución personal, pero para muchos es percibido como dejar de ser quienes somos. Nos aferramos a una identidad sólida sin aceptar que la vida es un constante aprendizaje, un constante cambio. 

Reflexión final

Estamos muy comprometidos con nuestra conducta y, además de eso, hemos construido una identidad sobre unos cimientos que nos empeñamos en que sean lo más fijos posible. La rigidez nos transmite seguridad, pero esa rigidez nos lleva al estancamiento personal. Al contrario de lo que se piensa, la apertura mental al cambio trae riqueza mental y un gran desarrollo. El proceso de maduración, de forma innata, requiere cambio. Para que una fruta pase de verde a su color habitual, se necesita sí o sí de tiempo y de cambio. Una fruta verde puede ser amarga, pero una fruta madura puede ser muy dulce. Así pues, el cambio bien enfocado, sin duda, sólo puede traer grandes beneficios.

Bibliografía

Expósito, F. y Moya, M. (2005). Aplicando la psicología social. Madrid: Ediciones Pirámide.

Kappes, A., Harvey, A., Lohrenz, T., Real, P., y Sharot, T. (2019). Confirmation bias in the utilization of others’ opinion strength. Nature Neurosciencie, 23, 130-137.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here