Los experimentos sociales más sorprendentes

El psicólogo social y profesor Philip Zimbardo (autor del libro “El Efecto Lucifer”, que trata de cómo la gente buena se vuelve mala), trabaja sin descanso para averiguar por qué los humanos hacemos tantas cosas tontas o irracionales a lo largo de nuestras vidas. La respuesta a menudo se debe simplemente a las otras personas, las de nuestro alrededor, algo que los psicólogos sociales han demostrado ampliamente.

1. El Efecto Halo: cuando crees que sabes más de lo que sabes

El efecto halo se refiere a un sesgo cognitivo por el cual la percepción de un rasgo particular es influenciada por la percepción de rasgos anteriores en una secuencia de interpretaciones. O sea, si nos gusta una persona, tendemos a calificarle con características favorables a pesar de que no siempre disponemos de mucha información sobre ella, por ejemplo, pensamos de alguien que es simpático, y esto nos hace presuponer que ya conocemos otras características más específicas como: también es inteligente.

Las estrellas de Hollywood demuestran el efecto de halo perfectamente. Debido a que a menudo son atractivos y simpáticos, entonces y de manera casi automática, suponemos que también son inteligentes, amables, poseen buen juicio y así sucesivamente.

Edward Thorndike, conocido por sus contribuciones en el ámbito de la psicología escolar, acuñó el término “efecto halo” y fue el primero en demostrarlo con evidencia empírica. Describió este fenómeno en su artículo “El error constante en la calificación psicológica“.

2. ¿Cómo y por qué nos mentimos a nosotros mismos?: Disonancia Cognitiva

Muchas de las aparentes contradicciones en las que a menudo nos vemos involucrados en nuestra vida cotidiana, tal vez la más famosa sea la teoría de la disonancia cognitiva, cuya influencia ha superado ya con creces el ámbito de la propia psicología social, llegando a tener impacto incluso en estudios de tipo neurológico. En Psicología, la disonancia cognitiva se conoce como la tensión o incomodidad que percibimos cuando mantenemos dos ideas contradictorias o incompatibles, o cuando nuestras creencias no están en armonía con lo que hacemos. Es una sensación desagradable causada por sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo.

Por ejemplo, muchas personas creen en el derecho de los animales, pero en esta creencia no incluyen el consumo de carne o usar pieles, si estas se han confeccionado con animales que ya habían sido sacrificados para el consumo humano (como la piel de vacuno). Algunos, al darse cuenta que la contradicción, les lleva a sentir disonancia, como ansiedad, culpa, vergüenza, ira, estrés y otros estados emocionales negativos. En este caso, para frenar este malestar, racionalizan el hecho de que en realidad no es malo matar animales si es sólo para comer, pues es cuestión de supervivencia, como lo hacen otros animales en la naturaleza.

Otro ejemplo podría ser el siguiente: Si pensamos “soy una buena persona” y a la vez “he engañado a un amigo”. En este caso, si sientes que engañas a un amigo y al mismo tiempo te consideras una buena persona, estarás en un estado de disonancia que resulta bastante desagradable, de manera que intentarás hacer algo para eliminar dicha disonancia. Para reducir el malestar que provoca, lo que hacemos a menudo es cambiar una de las cogniciones, o ambas, para hacer que sean más compatibles. Por ejemplo: “En realidad no era un buen amigo y se lo merecía porque sé que me habría hecho lo mismo”, o bien “la culpa es suya porque se ha dejado engañar…”, etc.

3. Nos creamos nuestros propios enemigos. El experimento de La Cueva de los Ladrones

“El experimento de la cueva de los ladrones” es el título de un famoso estudio de psicología social realizado en el año 1954 por Muzafer Sherif y Carolyn Sherif donde se estudia el origen del prejuicio en los grupos sociales. Esta investigación se produjo en un amplio espacio propiedad de los boy scouts, que se hallaba completamente rodeado por el Parque Estatal Cueva de los Ladrones (Robber’s Cave State Park) en el estado de Oklahoma.

Durante el estudio, Sherif fue presentado como guarda del campo. El equipo del estudio observó a un grupo de 22 adolescentes varones de 11 años de edad con similar experiencia de vida. Fueron trasladados al lugar por autobuses en dos grupos de once personas. Ninguno de los grupos sabía de la existencia del otro. Los muchachos fueron asignados en dos áreas bastante lejanas entre sí, de manera que durante los primeros días la presencia de los ‘otros’ fue ignorada. Los investigadores habían cortado, hasta donde pudieron, vínculos de amistad preexistentes al interior de cada grupo de modo que la identificación de cada muchacho con su nuevo grupo pudiera suceder más rápidamente. Consultados por el nombre que darían a su grupo, unos escogieron “The Rattlers”, los otros “The Eagles”. Después de entre dos y tres días, los dos grupos desarrollaron espontáneamente jerarquías sociales internas.

Ninguno de los muchachos se conocía antes del experimento, pero muy pronto se observó hostilidad entre los grupos. La hostilidad entre los grupos se incrementó al punto en que el equipo del estudio concluyó las actividades de producción de fricción debido a su inseguridad. La segunda fase concluyó y se inició la tercera.

Para disminuir la fricción y promover la unidad entre the Rattlers y the Eagles, Sherif ideó e introdujo tareas que requirieron la cooperación entre ambos grupos. Estas tareas se refieren en el estudio como “objetivos super-ordinados”. Una meta super-ordinada es un deseo, un desafío o un peligro que necesitan resolver ambas partes en un conflicto social, y que no puede resolver ninguno de los dos grupos por sí solo. Los retos propuestos por los Sherif incluían un problema de escasez de agua, un camión de campo atascado que necesita mucha fuerza para ser devuelto al campo, y hallar una película para proyectarla. Éstas y otras colaboraciones necesarias causaron que disminuyese el comportamiento hostil. Los grupos se entrelazaron hasta el punto que al final del experimento los muchachos insistieron en volver a casa todos en el mismo autobús.

Este estudio muestra la facilidad con la que puede conformarse hostilidad entre grupos y al interior de los mismos y es uno de los más citados en la historia de la psicología social.

4. Nuestros corazones oscuros: El Experimento de la Cárcel de Stanford

¿Qué sucede cuando se pone a personas buenas en un sitio malo? ¿La humanidad gana al mal, o el mal triunfa? Éstas son algunas de las preguntas que se plantearon en este estudio.

Los participantes fueron reclutados por medio de anuncios en los diarios y la oferta de una paga de 15 dólares diarios por participar en la «simulación de una prisión». De los 70 que respondieron al anuncio, Zimbardo y su equipo seleccionaron a los 24 que estimaron más saludables y estables psicológicamente. Los participantes eran predominantemente blancos, jóvenes y de clase media. Todos eran estudiantes universitarios.

Los guardias recibieron porras y uniformes de inspiración militar. También se les proporcionaron gafas de espejo para impedir el contacto visual. A diferencia de los prisioneros, los guardias trabajarían en turnos y volverían a casa durante las horas libres.

Los prisioneros debían vestir sólo batas de muselina (sin calzoncillos) y sandalias con tacones de goma. Se les designaría por números en lugar de por sus nombres. Estos números estaban cosidos a sus uniformes. Además debían llevar medias de nylon en la cabeza para simular que tenían las cabezas rapadas. Además, llevarían una pequeña cadena alrededor de sus tobillos como «recordatorio constante» de su encarcelamiento y opresión.

El día anterior al experimento, los guardias asistieron a una breve reunión de orientación, pero no se les proporcionaron otras reglas explícitas aparte de la prohibición de ejercer la violencia física. Se les dijo que era su responsabilidad dirigir la prisión, lo que podían hacer de la forma que creyesen más conveniente.

A los participantes seleccionados para desempeñar el papel de prisioneros se les dijo simplemente que esperasen en sus casas a que se los «visitase» el día que empezase el experimento. Sin previo aviso fueron «imputados» por robo a mano armada y arrestados por policías reales del departamento de Palo Alto, que cooperaron en esta parte del experimento. Los prisioneros pasaron un procedimiento completo de detención por la policía, incluyendo la toma de huellas dactilares, que se les tomara una fotografía para ser fichados y se les leyeran sus derechos. Tras este proceso fueron trasladados a la prisión ficticia, donde fueron inspeccionados desnudos, «despiojados» y se les dieron sus nuevas identidades.

El experimento se descontroló rápidamente. Los prisioneros sufrieron —y aceptaron— un tratamiento sádico y humillante a manos de los guardias, que se volvieron sádicos rápidamente, al final muchos reclusos mostraban graves trastornos emocionales.

Tras un primer día relativamente anodino, el segundo día se desató un motín. Los guardias se prestaron como voluntarios para hacer horas extras y disolver la revuelta, atacando a los prisioneros con extintores sin la supervisión directa del equipo investigador. Se abandonaron rápidamente la higiene y la hospitalidad. El derecho de ir al lavabo pasó a ser un privilegio que podía, como frecuentemente ocurría, ser denegado. Se obligó a algunos prisioneros a limpiar retretes con sus manos desnudas. Se retiraron los colchones de las celdas de los «malos» y también se forzó a los prisioneros a dormir desnudos en el suelo de hormigón. La comida también era negada frecuentemente como medida de castigo. Se los obligó a ir desnudos como humillación, entre otros muchos otros malos tratos.

A medida que el experimento evolucionó, muchos de los guardias incrementaron su sadismo, particularmente por la noche, cuando pensaban que las cámaras estaban apagadas. Los investigadores vieron a aproximadamente un tercio de los guardias mostrando tendencias sádicas «genuinas». Tras apenas seis días, ocho antes de lo previsto, el experimento fue cancelado. Muchos de los guardias se enfadaron cuando esto ocurrió.

Se ha dicho que el resultado del experimento demuestra la impresionabilidad y la obediencia de la gente cuando se le proporciona una ideología legitimadora y el apoyo institucional. En otras palabras, se supone que fue la situación la que provocó la conducta de los participantes y no sus personalidades individuales.

5. La obediencia a la autoridad. Experimento La Obediencia de Stanley Milgram

El fin de este experimento era medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.

Los experimentos comenzaron en julio de 1961, tres meses después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Eichmann era un nombre normal, incluso aburrido, que no tenía nada en contra de los judíos. ¿Por qué había participado en el Holocausto? ¿Sería sólo por obediencia? ¿Podría ser que todos los demás cómplices nazis sólo acatasen órdenes? ¿O es que los alemanes eran diferentes? Milgram ideó estos experimentos para responder a estas preguntas.

Puso un anuncio pidiendo voluntarios para un estudio relacionado con la memoria y el aprendizaje. Los participantes fueron 40 hombres de entre 20 y 50 años y con distinto tipo de educación, desde sólo la escuela primaria hasta doctorados. El procedimiento era el siguiente: un investigador explica a un participante y a un cómplice (el participante cree en todo momento que es otro voluntario) que van a probar los efectos del castigo en el aprendizaje.

Les dice a ambos que el objetivo es comprobar cuánto castigo es necesario para aprender mejor, y que uno de ellos hará de alumno y el otro de maestro. Les pide que saquen un papelito de una caja para ver qué papel les tocará desempeñar en el experimento. Al cómplice siempre le sale el papel de “alumno” y al participante, el de “maestro”.

En otra habitación, se sujeta al “alumno” a una especie de silla eléctrica y se le colocan unos electrodos. Tiene que aprenderse una lista de palabras emparejadas. Después, el “maestro” le irá diciendo palabras y el “alumno” habrá de recordar cuál es la que va asociada. Y, si falla, el “maestro” le da una descarga.

Al principio del estudio, el maestro recibe una descarga real de 45 voltios para que vea el dolor que causará en el “alumno”. Después, le dicen que debe comenzar a administrar descargas eléctricas a su “alumno” cada vez que cometa un error, aumentando el voltaje de la descarga cada vez. El generador tenía 30 interruptores, marcados desde 15 voltios (descarga suave) hasta 450 (peligro, descarga mortal).

El “falso alumno” daba sobre todo respuestas erróneas a propósito y, por cada fallo, el profesor debía darle una descarga. Cuando se negaba a hacerlo y se dirigía al investigador, éste le daba unas instrucciones (4 procedimientos):

Procedimiento 1: Por favor, continúe.
Procedimiento 2: El experimento requiere que continúe.
Procedimiento 3: Es absolutamente esencial que continúe.
Procedimiento 4: Usted no tiene otra alternativa. Debe continuar.

Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

Este experimento sería considerado hoy poco ético, pero reveló sorprendentes resultados. Antes de realizarlo, se preguntó a psicólogos, personas de clase media y estudiantes qué pensaban que ocurriría. Todos creían que sólo algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo. Sin embargo, el 65% de los “maestros” castigaron a los “alumnos” con el máximo de 450 voltios. Ninguno de los participantes se negó rotundamente a dar menos de 300 voltios.

6. ¿Estás seguro de estar de acuerdo?: El Falso Consenso

En psicología, el efecto del falso consenso es un sesgo cognitivo por el que muchas personas tienden a sobreestimar el grado “de acuerdo” que los demás tienen con ellos. Las personas tienden a presuponer que sus propias opiniones, creencias, predilecciones, valores y hábitos están entre las más elegidas, apoyadas ampliamente por la mayoría. Esta creencia es un sesgo que exagera la confianza de los individuos en sus propias creencias, aún cuando éstas sean erróneas o minoritarias.

Frecuentemente este sesgo aparece en grupos de opinión en los que la opinión colectiva es la misma que la de los individuos del grupo. Como los miembros del grupo han alcanzado un consenso interno y raramente encuentran a alguien que dispute ese consenso, tienden a creer que todo el mundo, incluyendo las personas que están fuera del grupo, es de la misma opinión que el grupo.

El experimento de falso consenso más citado en la literatura se realizó con estudiantes universitarios a los que se les preguntó si estarían dispuestos a hacer de hombre-anuncio por el campus, llevando un letrero delante y otro detrás con la palabra «arrepentíos». En total varios centenares de estudiantes participaron en el experimento. Un cierto número aceptó y otros rechazaron el trabajo. Luego se pidió a ambos grupos (los “aceptantes” y los “rechazadores”) que calcularan los porcentajes de quienes aceptaban y de los que rechazaban. Resultó que los cálculos de los estudiantes estaban inclinados hacia lo que ellos mismos pensaban: quienes estaban dispuestos a aceptar el letrero pensaban que el 60% también lo estaría, quienes lo rechazaban estimaban que solo el 27% estaría dispuesto a llevarlo.

7. ¿Por qué eres del Madrid y odias al Barça?: Teoría de la Identidad Social de Tajfel

Es una teoría formada por Henri Tajfel y John Turner para comprender los fundamentos psicológicos de la discriminación entre grupos.

El ser humano tiene la necesidad básica de tener una autoestima positiva. la identidad y la autoestima se generan a través de dos dimensiones: La identidad personal: yo soy Pedro, yo soy una persona simpática, yo soy una persona nerviosa, etc. La identidad social: Yo soy hombre, yo soy latinoamericano, yo soy cristiano, etc.

La Teoría de la Identidad Social sugiere que la gente se identifica con los grupos con el fin de “maximizar su distinción positiva”, ya que los grupos nos ofrecen tanto identidad cultural (nos dicen quiénes somos) como autoestima (nos hacen sentir bien con nosotros mismos).

Así pues, si somos de “grupo” que les gusta el Real Madrid, evitaremos y discriminaremos al grupo opuesto, en este caso el FCB. Si somos de la clase A en la escuela, creeremos que somos mejores que los del B. Si somos mujeres, nos gustarán los chistes sobre hombres, y viceversa, y además, si podemos, los enviaremos por Whatsapp para que todos los vean y se rían con nosotros/as.

8. La mesa de negociación: las amenazas no funcionan

La negociación interpersonal es una actividad de la que formamos parte a veces sin siquiera darnos cuenta. El Experimento de Moran Deutsch y Robert Krauss investigó dos factores centrales en la negociación: cómo nos comunicamos unos con otros y el uso de las amenazas. El experimento investiga los dos factores más importantes que determinan el éxito en la negociación interpersonal: la amenaza y la comunicación.

Para resolver el conflicto, existen dos orientaciones básicas que las personas pueden seguir para participar en negociaciones: cooperativa o competitiva. Estos dos estilos de conflicto difieren de tal manera que en uno de ellos ambas partes parecen salir con ventaja, mientras que en el otro el resultado es ganar/perder.

Los investigadores utilizaron un juego que obligaba a dos personas negociar con los demás. Las enseñanzas de este estudio son muy claras: los resultados menos beneficiosos en la negociación fue cuando ambos jugadores se amenazaron entre sí y los que obtenían más beneficios era donde había ausencia de amenazas. Incluso cuando una sola de las partes amenazó, los beneficios fueron mejores que cuando ambos se amenazaron entre sí.

En otra parte del experimento, para probar el efecto de la comunicación Deutsch y Krauss crearon un segundo experimento, que era idéntico en todos los aspectos a la primera, excepto que a los participantes se les dieron auriculares para hablar unos con otros. Aquí el resultado fue bastante curioso: el hecho de que ambos participantes se comuniquen entre sí no hizo ninguna diferencia significativa en los beneficios obtenidos en el juego. En otras palabras, aquellos que comunican más no logran llegar a un mejor entendimiento entre ellos.

Al parecer la orientación competitiva de la gente es mucho más fuerte que la motivación para comunicarse. Los testimonios de los jugadores quizá lo explique mejor: era difícil comenzar a hablar con la otra persona, que para ellos era un total desconocido. Como resultado hablaban entre sí menos de lo normal.

Las conclusiones que se pueden sacar en este estudio son muy claras: las relaciones de cooperación tienden a ser mucho más beneficiosas en general que las relaciones de competencia. Algo que no parece importar mucho en la vida real, en donde prevalece la competencia sobre la cooperación, lo que es un indicativo de nuestra falta de pericia en la comunicación efectiva.

9. Por qué no ayudamos cuando hay más gente: El Efecto Espectador

El efecto espectador es un fenómeno psicológico por el cual es menos probable que alguien intervenga en una situación de emergencia cuando hay más personas que cuando se está solo.

En psicología social el “efecto espectador” es el sorprendente hallazgo de que la mera presencia de otras personas inhibe nuestros propios comportamientos de ayuda en caso de emergencia. John Darley y Bibb Latane se inspiraron para investigar los comportamientos de emergencia para ayudar tras el asesinato de Kitty Genovese en 1964.

Un ejemplo que conmocionó a mucha gente es el caso de Kitty Genovese, la cual fue apuñalada con resultado mortal en 1964 por un violador y asesino en serie. Según contó la prensa la matanza ocurrió durante por lo menos una media hora. El asesino atacó a Genovese y la apuñaló, pero abandonó la escena después de atraer la atención de un vecino. El asesino entonces volvió diez minutos más adelante y acabó el asalto. Los reportajes periodísticos informaron de que 37 testigos estuvieron mirando las puñaladas sin intervenir o entrar en contacto con la policía. Esto conmocionó al público y se publicaron editoriales extensos que aseguraban que los Estados Unidos se había convertido en una sociedad fría y sin compasión.

Sin embargo, según un estudio publicado en American Psychologist en 2007, la historia del asesinato de Genovese fue muy exagerada por los medios. En concreto, no había 38 testigos observando, sí que entraron en contacto con la policía por lo menos una vez durante el ataque y muchas de las personas que oyeron por casualidad el ataque no podían ver realmente lo que sucedía.

10. La conformidad: El experimento de Asch

Los estudios realizados por Solomon Asch son considerados clásicos en Psicología Social. El diseño experimental consistía básicamente en que Asch pedía a los participantes que respondiesen a unos problemas de percepción. Concretamente solicitaba de los sujetos que indicase en un conjunto de tres líneas de diferente tamaño cual de ellas se asemejaba más a una línea estándar o de prueba.

Esta sencilla tarea no debería resultar difícil para una persona de capacidades intelectuales medias, sin embargo los sujetos experimentales no siempre decían la respuesta correcta. Realmente el experimento no consistía en una prueba de percepción sino que trataba de ver como la presión de grupo fuerza a variar los juicios. Las pruebas del experimento se realizaban a un grupo de unas seis u ocho personas, de las cuales solo uno era verdaderamente un sujeto experimental ya que los demás (sin saberlo el sujeto experimental) eran cómplices de investigador.

Durante algunos de los ensayos de las pruebas (ensayos críticos) los cómplices daban respuestas claramente erróneas, es decir, elegían de forma unánime una línea equivocada como pareja de la línea de prueba (por ejemplo, en el dibujo la línea 1 en vez de la 2, que sería la correcta). Además emitían sus respuestas antes de que el verdadero sujeto experimental respondiera. En esta tesitura, muchos de los sujetos experimentales optaron por decir lo mismo que los cómplices del experimentador, es decir, optaron por las respuestas falsas, de facto, estuvieron de acuerdo con la respuesta equivocada el 37% de las veces. Por el contrario, solo el 5% de sujetos que respondieron a las mismas preguntas sin cómplices (es decir, sin presión de grupo) cometieron errores. En diferentes estudios el 76% de los sujetos apoyaron las respuestas falsas del grupo al menos una vez, esto es, optaron por la conformidad.

Otro dato interesante que se desprenden de estos trabajos es que cerca de un 25% de los sujetos no cedieron nunca a la presión del grupo. También hemos de señalar que hubo sujetos que siguieron al grupo en casi todas sus respuestas.

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